lunes 13 de febrero de 2012

En mi lista...

Hace muchos años, cuando la televisión aún era en blanco y negro, en un pequeño barrio donde vivían familias de clase humilde, una niña que aún no cumplía los diez fue a bañarse.

Como cada noche, su madre aparecía al final, para aclararle bien el pelo y ayudarla a secarse, porque el calor de la lumbre no era suficiente para la humedad helada que provenía del río.

Cuando Púrpura, la madre de esta niña a quien llamaremos Naranja, empezó a pasarle la toalla por el cuerpo, se topó con un verdugón que le cruzaba gran parte del muslo.

—¿Qué te ha pasado aquí?
—No sé... —respondió Naranja, con lágrimas en los ojos.
—¿Quién te lo ha hecho?
—La señorita...
—¿Por qué?
—Es que... —explicaba entre sollozos— llevé la redacción sin terminar.
—Bueno, ponte el pijama y no te preocupes.

Al día siguiente, Púrpura fue a hablar con el director del colegio para que le llamara la atención a la maestra por haber golpeado a Naranja con la pata de una silla de hierro y, además, le dejara claro que a su hija le impusiera otros castigos, pero no le pegara.

Don Director, ante tales quejas, mandó llamar a la señorita Maestra y entre ambos defendieron la postura de esta última.

—A mis hijos, no les pego ni yo. Así que me va a hacer el favor de no volver a hacerlo.
—Uy, señora —le dijo señorita Maestra, envalentonada por la presencia y apoyo de don Director—, no se ponga usted así, porque por ahí no se va a morir.

Completamente indignada y a pocos días del final de curso, Púrpura sacó a la niña del colegio, pensando ya en apuntarla en otro, aunque fuera de pago. Sus dos hermanos eran mayores y, sin haberles podido dar una educación mejor por falta de recursos, se habían puesto a trabajar, al mismo tiempo que estudiaban becados en distintas escuelas. Lo cual les permitiría pagar las futuras mensualidades del nuevo colegio con desahogo.

Así pasó una semana, el curso terminó, llegó el verano y, con él, los primeros días de las vacaciones. Pero la verdad era que Púrpura se sentía muy mal, se había cometido una injusticia contra uno de sus hijos y ella no había podido hacer nada. Apenas comía, se pasaba el tiempo taciturna, dándole vueltas a la cabeza.

Pero quiso el destino, o las dimensiones de aquel pequeño barrio, que al volver de comprar en el mercadillo, Púrpura avistase a lo lejos a señorita Maestra con otra profesora.

—Mírala, por dónde va —le dijo a su vecina y amiga—. Esperadme en esta esquina.
—Por favor, Púrpura, ¿dónde vas? —preguntaba Amiga, temiéndose lo peor.
—A hablar un momento con la tía zorra ésa. Espérame aquí, Naranja, y cuida de las bolsas.
—Ay, por dios, déjala, Púrpura, déjala, por lo que más quieras.

Y, probablemente, lo que más quería era la razón por la que cruzó la calle, hasta donde estaba la profesora, y la arrinconó contra un árbol.

—Bueno, ahora me va a decir usted lo que me dijo el otro día en el colegio.
—Uy, no... Mire, yo... no, no —titubeaba sin sentido.
—¿Por qué pegó a mi hija?
—Claro, es que los niños son muy malos y hay que castigarlos.

Pero la paciencia casi inagotable de Púrpura había tocado a su fin. Así que le dio un bofetón que “le volvió la cara del revés”, mientras Amiga gritaba desde la esquina: “¡Otra! ¡Púrpura, dale otra en el otro lado!”.

—Oiga, oiga. ¡Me ha pegado!
—Pues, mire, sí. Pero “tenga usted en cuenta que por ahí no se muere”.

Entonces, señorita Maestra fue corriendo al colegio, para llorarle al director. Y Púrpura la siguió.

—¿Pero cómo se le ocurre? —le reclamaba ofuscado don Director.
—A mí no se me tiene que ocurrir nada. Esta señorita ha probado un poco de lo que le da a los niños.
—¡Por dios santo! No se puede tirar la reputación de una profesora así, en la calle, delante de todo el mundo.
—Ni la dignidad de una criatura delante de toda la clase —respondió Púrpura, mientras les tendía un papel—. Mire, aquí tiene mi número de teléfono, por si quieren ir al cuartel a denunciarme. Pero piensen que yo también puedo denunciarlos, porque tengo un parte médico. Buenos días.

Jamás hubo denuncia, ni parte médico alguno. Ni ésta fue la primera vez que Púrpura ponía los puntos sobre las ies a indeseables que se extralimitaban con su familia.

Quizás, por eso, cuando nos pidieron en el instituto que anotásemos el nombre de tres personas a quienes admirásemos, mi lista fue ligeramente diferente a la de los demás. Porque yo no nombraba ni a deportistas, ni a cantantes ni a famosos.
  

Marie Curie, Severo Ochoa y mi abuela Púrpura.



domingo 12 de febrero de 2012

"... for being so untrue"


Sólo en ocasiones, me pregunto si es una percepción mía. El resto del tiempo estoy completamente segura de ello, sin margen de duda. Las personas tienden, cada vez más, a ser falsas e interesadas… y a mí me cuesta, también cada vez más, creer en los demás.

Pero que conste, no me libro de ejercer ligeramente ninguno de esos dos adjetivos, aunque salvando las distancias, obvio.

Porque se puede y se debe tener educación, cortesía y buenas maneras, que algunos confunden con otras cosas… Es algo que, desde mi punto de vista, se vuelve necesario para desenvolvernos socialmente y, sí, a veces, toca ser un poco falsos. Sin embargo, lo que me encuentro es un exceso de cariño fingido, unos falsos afectos escalofriantes y unas demostraciones —públicas y privadas— de éste tan patéticas que ni con una sobredosis de Primperan lo solucionamos.

Además, por lo general, esa falsedad tiene una motivación más o menos oculta, el interés que causa sacar un beneficio de esos sentimientos —de la índole que sean— producidos en la otra persona a base de engaños.

Pero lo malo no es querer obtener algo, eso lo considero legítimo. En todas nuestras relaciones, buscamos algún tipo de recompensa. Lo cruel surge cuando se miente para lograrlo.

¿He dicho ya que no tolero la mentira?

No sé cuántas veces habré repetido eso de “no me lo cuentes, no pasa nada… pero, por favor, no me mientas, porque como averigüe que me has mentido…”. ¿Qué? Fácil, perderé la confianza en esa persona, en sus palabras, en sus gestos, en sus actos.

Tampoco sé cuánta gente ha desaparecido de mi mundo por este motivo, a cuántos he echado o he “forzado” a marcharse.

¿Por qué? Porque la mentira esconde algo. Demasiadas veces, ese algo es seguir aprovechándose de los demás de una forma no equilibrada, sin corresponder. Y a mí me apasiona dar, compartir, ayudar, pero no consiento que me utilicen. Ya, no. O, al menos, me gusta pensar que así es, que lucho por que así sea.

Aquí dejo el enlace con esta canción que me encanta en voz de Dinah Washington, Michael Buble, Diana Kroll... y hasta tolero en una versión que hizo Maná. Pero, esta vez, Ella es demasiado... 





 "Well, you can cry me a river, cry me a river. I cried a river... over you."

lunes 6 de febrero de 2012

Perspectivas


Por suerte o por desgracia, me está tocando desarrollar funciones en mi trabajo que no están dentro de mi campo, por así decirlo... Y en estas tareas me veo implicada con mucha gente, muy distinta.

Nunca me ha parecido que fuese particularmente buena en el trato con los demás. Pero a la fuerza ahorcan. Además, tiene una parte positiva. Me permite recoger información humana de fuentes diversas y eso amplía mi forma de ver el mundo, o así me gusta pensarlo.

El caso es que... la gente me habla. Y, con sus palabras, me dibujan un panorama que considero más real que el reflejado en los medios de comunicación o en la particular perspectiva de cada uno. Porque parece que nos estamos sumiendo en nuestro propio universo sin mirar a aquellos que caminan con nosotros hacia el mismo destino.

Así que me ha dado el punto y voy a intentar contaros tres casos —aunque podrían ser bastantes más—, con la pretensión de no imprimir mi sesgo personal con demasiada evidencia, aún sabiendo que no lo voy a conseguir.

Miércoles 1

Una mujer de unos 35 años. Trabaja en la redacción de noticias de un canal autonómico. Tiene un niño de 6, con nombre de príncipe troyano. Está enfermo. Letras, hipoteca, cuidados médicos. Su marido trabaja en el mismo medio.

—¿Mal, por qué? —le pregunté al verla al borde de las lágrimas.
—Porque no me han cogido para trabajar en X... Y estando como está el patio, estoy tan cansada...
—No te desanimes. Eres muy buena y, antes o después, tienen que darse cuenta. Ya verás.
—Sí... pero, mientras, están echando a compañeros a la calle. Ayer, a dos, de los fijos. Y, uno de estos días, me va a tocar a mí, no tardando mucho. Según van teniendo dinero para las indemnizaciones, van deshaciéndose de nosotros y cogiendo a chavales que se tienen que pagar ellos mismos la Seguridad Social, haciéndose autónomos, y les dan una verdadera miseria.
—Ya... —le sonreí forzadamente—, pero es lo que hay, es lo que hay.
—¿Así estás tú, cielo? —me preguntó muy sorprendida.
—Es-lo-que-hay.


Jueves 2

Un informático acomodado, rozando los cuarenta. Separado, padre de una niña pequeña. Vive con su novia.

—Sí, sí... Probablemente, me vaya un tiempo fuera de España. A Suiza.
—Anda, ¿y eso? —le preguntó una compañera.
—Por temas de trabajo, no por nada personal. En lo personal estoy muy, muy bien. Pero me han ofrecido un puesto allí. Quizás, unos seis meses. Necesito cambiar de aires, porque estar aquí es deprimente. Hay un ambiente muy malo.
—Tienes toda la razón, cómo te entiendo... —le dijo ella, mientras a mí se me disparaba la ceja hacia arriba.
—Vas por la calle, te cruzas con la gente, hablas con amigos... y todo el mundo está deprimido, apagado. Deja de quejarte tanto y aporta algo, muévete. Haz cursos, trabaja de lo que sea. No digo que te saques una ingeniería en dos años, pero de cocinero o yéndote al extranjero a buscar oportunidades.
—Sí, sí, efectivamente —le siguió diciendo ella—. Yo veo eso todos los días y pienso que muchos están así porque se lo han buscado.
—Claro, y tampoco quieren salir. Venga, dame paro, haz algo por mí, solucióname la vida.
—Pues... —intervine—, lo que yo veo son cosas muy tristes. Es muy triste ir en el Metro, a las once de la noche, con gente licenciada que vuelve de trabajar en Zara, H&M, Sephora... Es muy triste irte a otro país, dejar tu vida, para tener que volverte porque la situación allí te resulta insostenible y en casa siempre tienen una cama para ti y un plato de comida. Y eso está pasando.
—Claro, claro... —me respondió él—, está todo complicado. Cuando yo me marché de Cádiz, también me costó. Fue como arrancarme una pierna, pero salí adelante.


Viernes 3

Una mujer de mediana edad, imagino, aunque no la conozco en persona ni he hablado nunca con ella por teléfono, ha sido todo vía email. Hacía meses que no recibíamos noticias suyas. Está buscando salidas artísticas, pero no va más allá de guardia de seguridad. Tiene que mantener a su madre.

En este último correo, me volvía a pedir trabajo o algún tipo de ayuda. Había enviado el currículum a la cuenta general y, además, escribía a la que lleva mi nombre. Ambos con considerables faltas de ortografía y una sintaxis pobre.

Al principio, se puso en contacto con nosotros para enseñarnos su material. Mi respuesta fue que lo revisara, que intentase mejorarlo poniendo atención a una serie de factores que le marqué. Y cuando me explicaba su situación personal, le recomendaba que no dejara de lado sus pasiones, porque suelen ser las únicas que nos salvan en situaciones desesperadas.

No sé exactamente si esta persona estaba falta de una palabra cálida, pero empezó a escribirme, contándome detalles tristes de su vida. Y tuve que desearle lo mejor, pero ya de una forma más fría, cortante. Es una parte de mi trabajo que no me gusta hacer.

Esta vez, me aseguraba que está pasándolo fatal en su entorno laboral, donde la “maltratan”, por muy poco dinero. Pero que le hace falta porque su madre y su hermana, ahora también, dependen de ella. Añadía que necesita urgentemente encontrar otra cosa. Y poco más recuerdo, porque desde que me quitaron la conexión a internet allí, tengo que leer mis mensajes a toda velocidad.

Aún no he respondido. No sé si lo haré.

A mí, todo este tipo de cosas me conmueven, me tocan. Y me hacen pensar. ¿Qué me decís vosotros...?

sábado 4 de febrero de 2012

Endless

Nunca he sido de comer demasiado ni en cantidad ni en variedad, aunque lo que me he comido mi cuerpo lo ha ido aprovechando al máximo, por lo que se ve.

Acabo antes enumerando la lista de lo que sí me gusta que si os cuento la cantidad de alimentos que soy incapaz de tomar. Ya, desde bebé, mi madre tenía problemas para que me comiera tres cucharadas de puré e inventaba mil tácticas para hacérmelo tragar. Pero no había manera... si me forzaba un poco, iba todo fuera.

Afortunadamente para ellas, según ha contado toda la vida mi abuela, había una serie de cosas infalibles. Y gracias a eso, y al hecho de que nací con un buen peso, no lo pasaron tan mal al principio. Aunque, claro, el cambio era mucho. De mi hermano, que “se comía a dios por los pies”, a mí que con un petit suisse podía tirar toda la mañana... Pero el gasto tampoco era el mismo, porque él nunca ha parado y yo siempre he sido más tranquila.

Sin embargo, si algo me gusta, no le veo fin. Racionalmente, tengo que pedir que lo quiten de mi lado porque empiezo a sentirme mal y no puedo parar de comer... “un poquito más, sólo”. ¡Mentira! Eso has dicho las dos veces anteriores.

Aunque hay unos cuantos más, os voy a hacer una pequeña lista de platos a los que jamás tenéis que invitarme si pagáis vosotros. Y en vuestras casas, menos.

Sándwich de pepinillos con mayonesa
Si no me controlo, puedo comerme unos quince o veinte pepinillos en cuestión de cinco minutos. Cuanto más agrios, mejor. Esos grandes que vienen en bote me parecen repulsivos. Tienen que ser pequeñitos y crujientes. Le das una capa finita de mayonesa a una de las rebanadas y ¡ñam!

Ensalada de queso con nueces
Me encantan las ensaladas... No me como el tomate, pero me gusta el jugo que deja. En este caso, sólo es lechuga, nueces y trocitos de queso feta, un poquito de sal y aceite.

Lasaña
La de espinacas y champiñones también me gusta, aunque sin el pimiento. Pero, realmente, mi favorita es la de carne. El sabor que le da el vino y la cebolla rallada, unido al orégano, me hace salivar...

Patatas fritas con ajo y vinagre
El ajo, físicamente, suelo quitarlo. Y luego está el vinagre... Es uno de los mejores descubrimientos del ser humano.

En otra vida o en esta, seguramente, tuve un amante italiano o algo... sí.

Ensalada de arroz
Probablemente, si las personas que me conocen tuvieran que decir cuál es mi plato favorito, ellos contestarían éste. Arroz, atún, lechuga, huevo cocido, aceitunas, pepinillos, tomate quitable... Se le pueden ir añadiendo otros ingredientes, pero para mí la versión básica es la mejor. Eso con grandes cantidades de vinagre, generosos con la sal y el aceite. No soporto esas ensaladas “secas”, pero tampoco en las que flotan los alimentos.

Leche merengada
Pero auténtica. No de esas que saben a sobre. Con limón y muuuucha canela, gracias.

¿Y a vosotros qué platos os despiertan la gula más insana, pecadores?

martes 31 de enero de 2012

¿Qué hace una chica como tú...?

¿Alguna vez, os habéis preguntado aquello de “¡pero qué hago yo aquí!”? Obviamente, yo sí... a pesar de los pesares. Muchas veces.

En Lavapiés, además de un perenne olor a hierba sin jardín, nada más salir del metro hay una tienda de productos vegetarianos. La verdad es que el sitio es bastante completo, teniendo en cuenta el poco espacio del que dispone. Eso es algo típico de los locales del centro. O eres El Corte Inglés o tienes que poner puertas que se abran hacia fuera. Es una sensación un pelín angustiante, porque llenan las estanterías de productos y tienes que moverte con cuidado para no tirar nada.

Aunque no soy vegetariana —por el momento—, acompañé a otras personas que sí lo son. ¿Sabíais que no pueden comer gominolas porque contienen no sé qué historias de gelatina animal o algo así? Yo no pregunto mucho. De hecho, los interrumpo cuando se embalan, porque son capaces de darte todo tipo de detalles escabrosos y... mal que mal, una tiene conciencia... bastante inoportuna.

Así que, estando allí, empiezo a satisfacer mi curiosidad sobre ciertos campos. ¡Hay preservativos para veganos! Y tienen magdalenas de las cosas esas que hacen vomitar a los pobres perrillos cuando se las comen, las algarrobas. Además, son dignos rivales del Hacendado, porque venden el gluten por kilos.

Y, de pronto, caigo en la cuenta... Sí, sí, aquella gente no sabe si me acabo de comer un chuletón de ternera o tres hojas de lechuga mustia. Pero pueden ver que mis botas son de piel —auténtica, por supuesto— y mi bolso también lo es. E, inmediatamente después de que este pensamiento cruce mi cabeza, mis ojos van directos a un cartel que reza algo así como... “Si ya has dejado de comernos, ¿cuándo vas a dejar de vestirnos?”

La encargada de la tienda —muy correcta y nada entrometida— me mira y, de pronto, yo sólo hablo sueco. Me preguntan, me piden opinión... pero lo único que hago es encogerme de hombros, mientras pienso: “¡Me quiero ir!”.

He de decir que, en ningún momento, esta señora me incomodó, ni ella ni la gente que entraba. Lo cual, agradezco. Pero no pude dejar de sentir que aquel lugar no era el mío y que les estaba faltando al respeto. Esas personas tienen sus creencias y, al menos a mí, nunca han intentado obligarme a que comulgue con ellas... a diferencia de otras ideologías o formas de vida. Lo que hace que sean aún más respetables.

Al final, opté por salir antes de tiempo. Dije que tenía calor y me estaba mareando. Aunque no fuera por la calefacción, sino por mi conciencia... que, a veces, es demasiado dura conmigo.

domingo 29 de enero de 2012

Horroróscopo

No sé si tendrá un fundamento científico en el que basarse, ni si existe un compendio de ejemplos que demuestren su veracidad mediante la experiencia. Pero no me apetece ponerme pedante, hoy, no.

En realidad, creo que da igual si son certezas o, simplemente, paparruchas. La cuestión es que a mí me divierten y los encuentro la mar de útiles, en bastantes ocasiones.

No veo qué pueda tener de malo esas tres o cuatro frases —como mucho—, que te sueltan perlas del estilo: “Esta semana, tu poder de seducción será arrebatador, incluso con aquellos que llevan meses resistiéndosete.” ¡¿Qué me dices?! Y yo que me he dejado el spray antivioladores en el otro bolso.

Y me parecen estupendos los que ofrecen consejos. “Hoy puede ser un día de excesos, disfrútalos, pero no olvides que todo tiene un límite. La salud de tu cuerpo te lo agradecerá.” ¿Excesos? Ah, bueno, si lo dice esto... entonces, tendré que pasarme ocho pueblos, pero disfrutando, claro.

Luego están los místicos, esos que hablan sobre cosas intangibles o, directamente, inexistentes... tu dinero. “Tras esta época de frugalidad económica, te mereces algún capricho. Concédetelo.” ¿Sí, verdad? Cómo me conoce el horóscopo éste... y sí que me entiende, me aprecia y me valora.

Pero esto es la predicción para fechas concretas. ¿Qué me decís del análisis de la personalidad, según el signo del zodiaco que seas? Vamos a dejar el horóscopo chino para otro día.

Leyendo el de los demás, me río sin clemencia. Lo reconozco. En el mío falla demasiado, ejem, ejem. Quizás, a alguien de ese signo sí le encuadre bien. Por más que cada uno seamos un mundo, estamos hablando de millones y millones de personas, con alguno tendrá que acertar... Porque, desde luego, yo no soy ¡asín!


Es un signo de Tierra: LA COSECHA
Su rasgo más evidente: LA PREOCUPACIÓN
Su frase favorita: PERMÍTAME QUE LE CORRIJA
Su lema: LA VIDA ES BREVE Y, ADEMÁS, NADA ESTÁ EN SU SITIO

Virgo es una lupa con piernas que empieza a ver donde tú terminas. Llega a tu casa, y lo primero que hace es pasar el dedo por el televisor, a ver si tiene polvo. Y como tiene ese humor tan socarrón, te dirá:
—Oye, esta tele tiene solera.
¡Lo que a Virgo se le escape! Por eso, su estado natural es la preocupación. Virgo da vueltas sobre sí mismo repitiendo:
—Toy preocupao, toy preocupao...
Uno le dice:
—Pero si no pasa nada.
Y Virgo sentencia:
—¡Eso es lo que más me preocupa!

¿Os sentís identificados con el vuestro?

sábado 21 de enero de 2012

Sólo escucha...

 ADVERTENCIA:
El contenido de esta entrada puede estar distorsionado
por los efectos producidos debidos a un estado febril.


Definitivamente, oír no es escuchar. Y escuchar no implica comprensión, ni ésta garantiza la asimilación de conceptos. Pero, aún cumpliendo todos estos requisitos, cada uno sigue haciendo lo que le sale del pie, le pese a quien le pese.

Me asumo como una persona exigente en ciertos campos, sí. Sin embargo, en esto no creo que el conflicto se genere debido a un alto nivel de exigencia por mi parte. Y si de conflictos se trata, me ha creado bastantes y sé que seguirá haciéndolo.

—Ya, perdona, es que tú tienes mucha memoria y a mí se me olvida todo en cinco minutos.
—Ni teniendo la memoria de un pendrive de hace quince años me preguntas siete veces lo mismo. A este paso, un día, me tendré que enfrentar a un ¿qué tal el cole?


—Claro, tú sí te das cuenta de esas cosas, pero porque eres muy observadora, yo me despisto rápidamente, se más paciente.
—No, lo siento, mi paciencia es limitada y hay cosas tan obvias que se caen por su propio peso. Más cuando de esto no te acuerdas, pero de lo otro, sí.


—Sí, sí, si sé lo que me dijiste, pero pensé que...
—¿Pensaste qué? ¿Cualquier chorrada estúpida que te disculpe por haber hecho lo que te ha dado la gana?


Las excusas son diversas. Las respuestas, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera son formuladas. Depende mucho de la relación que mantenga con esa persona. Pero si calculo que lo que yo traduzco como una falta de interés galopante en lo relativo a mí va a ser una constante, me distancio a nivel emocional y sólo soy educadamente amable.

¿Intransigencia? No, de ningún modo. Sé que es utópico pedir equidad, porque no todos somos iguales. Ahí es donde está lo divertido.

Pero no puedo con los desconsiderados, los egoístas, los "divinos de la muerte", los falsos despistados, los desmemoriados selectivos... Y no puedo por la sencilla razón de que ellos sí exigen, dan por hecho que merecen, les encanta recibir... Pero como a ti se te ocurra la locura de no dar, entonces, lo has hecho a “mala hostia”, porque es imposible que tú te hayas olvidado, no te hayas percatado o hayas pasado de sus expresas indicaciones olímpicamente. Con lo cual, para ese momento, ya eres una mala persona y como tal te van a tratar.

Pues fíjate qué pena...

Si te digo que te espero en la estación X de la línea A, ¿por qué me llamas veinte minutos más tarde de la hora, diciéndome que estás en la estación Y de la línea B? Vale, hasta otro día.

Si te respondo a tu qué tal con un “fatal, no he parado de vomitar y he estado dos días de la cama al sofá y al médico”, ¿por qué me respondes “ah... vale, pues, yo he ido a tal sitio, me lo pasé genial, y después a tal otro y vi tal película, pero que se muera el protagonista no me lo esperaba”? O sea, qué guay, qué ilu me hace, o sea, que me destripes la película que llevo semanas, o sea, repitiéndote que quiero ver, jo.

Si te digo que ninguna de las siete u ocho bufandas que tengo me vale para el abrigo que estoy usando ahora más a menudo, porque o los colores no pegan o son de lana y sueltan pelusilla, poniéndome el mismo perdido, ¿por qué me regalas DOS veces sendas bufandas de lana, una de ellas con pelitos? Mira, gracias, déjalo.

Y aquí es la parte donde os preguntaría si sois de los míos o de los otros. Aunque me lo imagino levemente. Así que, si os apetece contestar, hacedlo sin temor, valientes.