Hace muchos años, cuando la televisión aún era en blanco y negro, en un pequeño barrio donde vivían familias de clase humilde, una niña que aún no cumplía los diez fue a bañarse.
Como cada noche, su madre aparecía al final, para aclararle bien el pelo y ayudarla a secarse, porque el calor de la lumbre no era suficiente para la humedad helada que provenía del río.
Cuando Púrpura, la madre de esta niña a quien llamaremos Naranja, empezó a pasarle la toalla por el cuerpo, se topó con un verdugón que le cruzaba gran parte del muslo.
—¿Qué te ha pasado aquí?
—No sé... —respondió Naranja, con lágrimas en los ojos.
—¿Quién te lo ha hecho?
—La señorita...
—¿Por qué?
—Es que... —explicaba entre sollozos— llevé la redacción sin terminar.
—Bueno, ponte el pijama y no te preocupes.
Al día siguiente, Púrpura fue a hablar con el director del colegio para que le llamara la atención a la maestra por haber golpeado a Naranja con la pata de una silla de hierro y, además, le dejara claro que a su hija le impusiera otros castigos, pero no le pegara.
Don Director, ante tales quejas, mandó llamar a la señorita Maestra y entre ambos defendieron la postura de esta última.
—A mis hijos, no les pego ni yo. Así que me va a hacer el favor de no volver a hacerlo.
—Uy, señora —le dijo señorita Maestra, envalentonada por la presencia y apoyo de don Director—, no se ponga usted así, porque por ahí no se va a morir.
Completamente indignada y a pocos días del final de curso, Púrpura sacó a la niña del colegio, pensando ya en apuntarla en otro, aunque fuera de pago. Sus dos hermanos eran mayores y, sin haberles podido dar una educación mejor por falta de recursos, se habían puesto a trabajar, al mismo tiempo que estudiaban becados en distintas escuelas. Lo cual les permitiría pagar las futuras mensualidades del nuevo colegio con desahogo.
Así pasó una semana, el curso terminó, llegó el verano y, con él, los primeros días de las vacaciones. Pero la verdad era que Púrpura se sentía muy mal, se había cometido una injusticia contra uno de sus hijos y ella no había podido hacer nada. Apenas comía, se pasaba el tiempo taciturna, dándole vueltas a la cabeza.
Pero quiso el destino, o las dimensiones de aquel pequeño barrio, que al volver de comprar en el mercadillo, Púrpura avistase a lo lejos a señorita Maestra con otra profesora.
—Mírala, por dónde va —le dijo a su vecina y amiga—. Esperadme en esta esquina.
—Por favor, Púrpura, ¿dónde vas? —preguntaba Amiga, temiéndose lo peor.
—A hablar un momento con la tía zorra ésa. Espérame aquí, Naranja, y cuida de las bolsas.
—Ay, por dios, déjala, Púrpura, déjala, por lo que más quieras.
Y, probablemente, lo que más quería era la razón por la que cruzó la calle, hasta donde estaba la profesora, y la arrinconó contra un árbol.
—Bueno, ahora me va a decir usted lo que me dijo el otro día en el colegio.
—Uy, no... Mire, yo... no, no —titubeaba sin sentido.
—¿Por qué pegó a mi hija?
—Claro, es que los niños son muy malos y hay que castigarlos.
Pero la paciencia casi inagotable de Púrpura había tocado a su fin. Así que le dio un bofetón que “le volvió la cara del revés”, mientras Amiga gritaba desde la esquina: “¡Otra! ¡Púrpura, dale otra en el otro lado!”.
—Oiga, oiga. ¡Me ha pegado!
—Pues, mire, sí. Pero “tenga usted en cuenta que por ahí no se muere”.
Entonces, señorita Maestra fue corriendo al colegio, para llorarle al director. Y Púrpura la siguió.
—¿Pero cómo se le ocurre? —le reclamaba ofuscado don Director.
—A mí no se me tiene que ocurrir nada. Esta señorita ha probado un poco de lo que le da a los niños.
—¡Por dios santo! No se puede tirar la reputación de una profesora así, en la calle, delante de todo el mundo.
—Ni la dignidad de una criatura delante de toda la clase —respondió Púrpura, mientras les tendía un papel—. Mire, aquí tiene mi número de teléfono, por si quieren ir al cuartel a denunciarme. Pero piensen que yo también puedo denunciarlos, porque tengo un parte médico. Buenos días.
Jamás hubo denuncia, ni parte médico alguno. Ni ésta fue la primera vez que Púrpura ponía los puntos sobre las ies a indeseables que se extralimitaban con su familia.
Quizás, por eso, cuando nos pidieron en el instituto que anotásemos el nombre de tres personas a quienes admirásemos, mi lista fue ligeramente diferente a la de los demás. Porque yo no nombraba ni a deportistas, ni a cantantes ni a famosos.
Marie Curie, Severo Ochoa y mi abuela Púrpura.
