De camino al Metro, el otro día, iba una chica relativamente joven. No le vi la cara, pero su paso oscilante delataba una discapacidad física.
Al llegar a las escaleras mecánicas, se detuvo y fijó la mirada, sospeché, en el manantial continuo de escalones que surgía del suelo. Durante un momento, titubeó, con el pie en el aire, hasta que se lanzó y se subió.
Pensé en darle cierto margen, porque, quizás, para bajarse sintiera la misma reticencia y yo me le iba a echar encima, por culpa del movimiento incesante de las escaleras. Pero no le hizo falta.
A veces, es la propia vida la que te obliga, con su paso, a dar el tuyo... aunque éste implique un salto. Porque... o saltas o te engulle.
Inmediatamente después, monté en el tren y, en los asientos de enfrente, se sentó una mujer de mediana edad que está entre «los habituales». Ésta sí tiene una marcada cojera, arrastra una de sus piernas.
Sin embargo, lo que me llamó la atención de ella, la primera vez que la vi, fueron unas sandalias bastante bonitas que llevaba este verano. Desde entonces, me fijo en sus pies, con una pedicura muy cuidada, y pocas veces le he visto los mismos zapatos. Tiene varios pares de botas para el agua, botines, zapatillas, sandalias, zapatos... a cual más llamativo.
A veces, buscando compensar nuestras supuestas carencias, logramos superarnos, precisamente, en lo relativo a ellas.
Por último, llegué al trabajo y allí terminaron de darme la lección del día. Vino una chica que utiliza un andador para caminar, con apenas 20 años. Padece una parálisis que le resta movilidad a su cuerpo, pero no a su vida.
Cruza la ciudad para aprender una nueva disciplina, tiene un disco grabado, ha participado en un concurso de televisión, está involucrada en un montón de proyectos. Pero lo más importante es que sonríe, nos pide ayuda y no se avergüenza, me habla de su chico, de su ex, de su mejor amigo y de los seguidores que tiene en twitter a quienes no conoce de nada y le hablan como si supieran cómo es su vida...
Y eso fue lo que le respondí a un compañero suyo, cuando me dijo «qué cabrona es la naturaleza, pobre chica». Ella se sobrepone, lucha y alcanza, mientras nosotros lloriqueamos.
A veces, necesitamos un obstáculo insalvable para desear, con más ansia, disfrutar de lo que hay al otro lado, buscando caminos sin darnos por vencidos.
Simplemente.... Precioso y muy inspirador. :) Deberiamos tar buena nota de las 3 protagonistas de tu entrada. Y, como ellas, aprender a seguir andando sin temor, a pesar de los obstáculos y de nuestras limitaciones. A aceptar nuestros defectos e intentar superarlos e incluso normalizarlos y por qué no: camuflarlos o adornarlos, para que dejen de ser (tan) visibles a nuestros ojos y a ojos ajenos.
ResponderSuprimirY sobre todo: a no rendirse nunca, y que nuestras limitaciones no nos impidan superarnos y disfrutar de lo bueno que tiene la vida.
Besos! :)
Siempre me han parecido un ejemplo a seguir muchos discapacitados que, pese a sus problemas, jamás se han quejado y siempre han afrontado los problemas con una sonrisa. Hace poco perdí a un amigo que llevaba sentado en una silla de ruedas toda su vida. La única vez que se quejó de algo fue una noche de fiesta en la que un desgraciado le rajó una de las ruedas de su silla.
ResponderSuprimirComo dice la gata... inspirador. Tomo nota a ver si soy capaz de llevar cualquier contratiempo tonto la mitad de bien que son capaces ellos de llevar su vida.
Un abrazo.
Lo chungo, La gata, está en que tenemos obstáculos, defectos, problemas que convertimos en un mundo, en una barrera infranqueable que nos sume en el miedo y en la parálisis.
ResponderSuprimirY ves a estas personas... y te sientes estúpida, porque te están demostrando cuánto se dan a valer a sí mismas, mientras tú te desestimas por muchas razones, razones ridículas.
Un besazo enorme!
Sí, Alejandro... esa es la idea, aprender. Tenemos que aprender a gestionarnos mejor.
ResponderSuprimirUn besazo!
Niña, me ha gustado mucho esta entrada. Preciosa, preciosa y tanta verdad junta...
ResponderSuprimirTe felicito, escribes genial ;)
Muaks!
Gracias. Por eso, en días chungos, me siento aún peor, pensando en cuánto tengo y no valoro.
ResponderSuprimirBesos!