domingo, 25 de diciembre de 2011

Ser superficial me ayuda


Tengo miedo.


No me enseñaron a creer en ningún dios.


La posibilidad me tenía preocupada.


La certeza hace que no te me vayas de la mente.


Tras la confirmación, logré controlar la respiración durante veinte minutos.


El aire trajo consigo una congoja que puso en evidencia lo poco que me gusta usar rimmel waterproof.


Intento tener fe en una resolución positiva, porque otra cosa me resulta inconcebible.


Me cuesta dormir.


No puedo dormir.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Si es cuestión de confesar, no sé preparar café...

Como todos sabéis —y si no, eso es que no me aguantáis en Twitter—, mis vecinos son una joya de la Creación.

Arriba vive una familia de psicópatas que, en lugar de hablar, ladran y gruñen. Es un matrimonio ucraniano con dos niños pequeños y la madre de ella. Pero, en esta ocasión, no he venido a hablaros de los mágicos momentos que me hacen experimentar estos individuos, aunque había que mencionarlos.

Esta vez, la protagonista será la chica joven y soltera que vive abajo. Se ha mudado hace, relativamente, poco.... quizás, a finales de verano. No lo recuerdo bien, porque este año ha hecho calor hasta bien entrado el otoño.

Pues bien, esta encantadora muchachita se dedica a enchufar a Shakira a todo volumen, a eso de las ocho de la mañana, durante los fines de semana y fiestas de guardar. De esta forma, consigue que se oiga por toda mi casa, pero con especial intensidad en la habitación.

Eso, y el hecho de repetir siempre la misma lista de canciones, me hace pensar que es una selección de Spotify. Porque reconozco los temas de Shakira y con los que esta chica nos deleita pertenecen a discos distintos. Pero quién sabe...

La historia es que hasta mis sensibles pabellones auditivos —sí, después de las sesiones de berridos que me dan los de arriba y las de esta prójima, no es para menos— llegaron las motivaciones que la llevan a realizar semejante ritual cada mañana en que el resto descansamos.

Resulta que puedo deciros, sin revelar las fuentes —fue su madre, cuando vino de visita—, que esta chica madruga, entre semana, muchísimo —y los fines de semana, también, señora— porque trabaja en la otra punta del extrarradio. Es decir, a una hora tonta en coche. Y debe de ganar pasta, porque no hay medios de transporte a esas horas y la gasolina está muy cara.

Así que... ya que se despierta —tiene la hora cogida—, y para no escuchar las discusiones que, ¡atención!, achaca a mi casa, enchufa a la colombiana a toda mecha y se pone a hacer ejercicio.
 
Lugar donde aquí se suele ir, también, a hacer deporte.

Tiroriríii, taririroríii... —música de talk show—, la pobre criatura dejó su casa, en cuanto pudo, porque sus padres mantenían acaloradas discusiones. En realidad —versión de la madre—, el padre lo dice todo a gritos y tiene un carácter explosivo que hace ignición por el más mínimo contratiempo. Así que, como arriba vive una jauría que se pasa el tiempo agarrándose de los pelos y chillando, ella intenta neutralizar ese ruido con otro sonido más armónico.

Además... como sufre de sobrepeso —¿será debido a las carencias afectivas por parte de sus progenitores?—, hace gimnasia siempre que le es posible. Con lo cual, deduzco que a estas alturas debe de parecerse a Vin Diesel.

Se quejará...

Lo que esta chica no sabe, ni su madre parece haberle contado tampoco, es que los que dan esos gritos son los ucranianos —a los que ella se une para atormentarnos— y que, ahora, vive en un sitio con un montón de espacios verdes donde es más sano hacer ejercicio.

"...y no entiendo de fútbol. Creo que, alguna vez, fui infiel. Juego mal hasta al parqués y jamás uso reloj. Y, para ser más franca, nadie piensa en ti como lo hago yo."

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Listen...

Aquí os traigo algo completamente improvisado y con la naturalidad del "me da un palo horroroso". Y para todos los demás, Master Card, digo ¡feliz Navidad!



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Qué despiste...

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domingo, 18 de diciembre de 2011

En una estación nevada


Tengo en la libreta varias entradas esbozadas, en la cámara algunas fotos aprovechables para ilustrarlas... e, incluso, alguna que otra idea que va y que viene sobre los temas que podrían perfilarse como futuros posts.

Pero hoy, quién sabe por qué, me está apeteciendo lanzar al espacio virtual la siguiente pregunta.

¿Eres de los que recuerdan cuando te hicieron daño o de los que no pueden olvidar cuando se lo hiciste a los demás?




PD. Sí sé por qué me lo pregunto, pero prefiero recoger opiniones ajenas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Jugando al -9

Cuando éramos niños, había una técnica novedosa y revolucionaria para averiguar si habías hecho la multiplicación de varios factores correctamente. Era la prueba del 9. A mí, me lo contaron así... el chico más listo de la clase. Aunque, días después, descubrí que aquello se llevaba usando desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, con el paso de los años, he ido jugando a la prueba del -9. Y... le he sacado los colores a más de una persona, con un comentario completamente inocente. Lo que demuestra que la gente tiene una doble moral muy extraña...

La idea es tomar como referencia el cumpleaños de quien sea y restarle 9. En mi caso, el resultado es el día del sorteo de la Lotería de Navidad. Obviamente, no es tan exacta como la técnica empleada para comprobar las multiplicaciones —también existe para las divisiones—, pero da mucho juego.

Así que, el día 22 de diciembre de 1980, a mis padres no les tocó ni el reintegro. Pero, nueve meses después, les iba a caer el Premio Gordo. Tanto que, cuando mi madre llegó al hospital, le preguntaron si traía gemelos. Casi se desmaya, pero dijo que no sabía... que no le habían dicho nada de eso. Entonces, la comadrona le preguntó si ya había tenido otros bebés antes... Sí, señores, ya había tenido uno que pesó lo suyo y sigue siendo igual de pesado.

Poco se imaginaba ella lo que le esperaba, cuando el 21 de septiembre, merendoleando con el susodicho y la abuela de los churumbeles en una emblemática cafetería del centro de la ciudad, empezó a tener los primeros síntomas del feliz momento. Estaba tan tranquila que, con las mismas, cogieron un taxi para volver a casa y aquella noche se metió en la cama sin decirle nada a nadie... hasta que pasadas las 6, viendo que aquello era irreversible, despertó a mi padre para que fuese haciendo el desayuno.

Los llevó el hermano de ella en su 124, mientras la mujer de éste y el padre reincidente no paraban de gritarle que acelerase, porque iba a nacer en plena M30. Llegaron tan justos que al médico no le dio tiempo ni a ponerse el mandil protector y se manchó hasta la corbata. En dos empujones, me sacaron... con lo a gusto que estaba yo.

Hoy, paso a diario por la puerta de esa cafetería —a kilómetros de mi casa—, respirando el aire navideño y sonriéndome al imaginarme toda esta historia.

Ferpal en Arenal, 7


No me digáis que el juego del -9 no es mucho más divertido. ¿Cuál es el vuestro?


miércoles, 7 de diciembre de 2011

The smile on your face...

Me siento. ¡He conseguido sitio no-interior! Aunque enfrente va otro vacío. Pero los que se sientan después, a mi lado, son una pareja y prefieren ir juntos... total, para no decirse nada en todo el camino.

Él, el primo «alto» de Woody Allen y ella, la hermana pobre de María Conchita Alonso, con una especie de polainas en las botas de lo más horteras. En el otro rincón Miss Marple, leyendo. Y en el banco opuesto, empezando por mi derecha: una que parece que se ha escapado del rodaje de El señor de las bestias, con la cinta en el pelo y todo; a su lado, una versión trasnochada de Paz Vega, leyendo La voz dormida y, finalmente, la típica madre pintona que me lleva botas con cuña de Zara. ¡Plástico!

Todos muy serios... y a los 15 segundos, se cierran las puertas. Silencio... roto por el ataque de risa que tienen dos chicas a mi izquierda, las veo por el reflejo de las ventanillas.

Aunque llevo los cascos —Somewhere over the rainbow—, puedo oírlas. Me cuesta no contagiarme, me sonrío... me pongo una mano en la boca, disimuladamente. Miro hacia el banco de enfrente y los veo a todos con los labios apretados, reprimiendo la carcajada.

Las chicas no pueden parar. Una de ellas se ahoga, sofocada, intenta darse aire, abanicándose con un folleto. Respira, se tranquilizan.

¡Uff!, parece que lo hemos conseguido... hasta que vuelven a estallar.

¿Nos cuesta reír?