A principios de la semana pasada, llegó una carta al trabajo. La dirección era más o menos correcta, pero el destinatario a quien iba dirigida podrían ser varias personas o ninguna, tanto por nombre como por apellidos.
Allí hay mucha gente y algunos dan esa dirección, vete a saber por qué. Yo misma he recibido un paquete con un regalo de cumpleaños, meses después, porque no quise darle mi dirección a alguien y me lo mandó allí sin siquiera preguntarme. Pero eso es otra historia.
La cuestión es que una compañera (y dueña del cotarro) se pasaba todo el rato con la carta “parriba y pabajo”, que teníamos que preguntar a tal y a pascual. Así que, ayer, miré la dichosa carta.
—Trae matasellos de Madrid —le dije, en un alarde de perspicacia.
—Sí, sí, pero no creo que traiga dinero.
Sin comprender muy bien de dónde venía esa deducción, le pedí unas tijeras. Y, muy despacio, la abrimos.
—Esto es un delito. Lo sabes, ¿no? —¡Qué me gusta dramatizar!
—Sí... —me dijo, sin perder detalle.
—Pero podríamos tirarla, sin más, y decir que jamás la hemos visto.
—Ya...
Y, en eso, abrieron la puerta. Ella pegó un salto y yo seguí a lo mío. No era nadie “importante”. Pero la mala conciencia suele jugarte malas pasadas.
—Es una carta de amor —le dije, muy seria—. Como ha sido San Valentín...
—¿Qué dices? A ver...
Podría haber colado, ya que uno de los dos folios iba manuscrito. Pero, no... el contenido nos dejó todavía más descolocadas. Ella empezó a leerlo en voz alta y la interrumpí, alegando que a saber qué patrañas raras era aquello e, igual, estaba invocando a “los espíritus malignos”. Nos reímos un rato y se marchó.
No voy a negar que se me pasó por la cabeza qué podrían haberle hecho a alguien para que les enviara ese tipo de correspondencia. Porque, las cosas como son, lo que me faltaba era un desequilibrado con ansias vengativas rondando por allí, para que el cuadro fuese completo. No sé, como en la película esa de Martin Sheen —The Believers— sobre una secta.
En esas estaba, cuando sonó el teléfono. El de cable, sí, porque el inalámbrico lo han quitado, como la conexión guaifai, por el tema de las ondas que envían y que producen en nuestro cuerpo efectos negativos. Ahora, los iPhones y HTC deben de enviar ondas celestiales la mar de saludables...
De hecho, un día hace varios meses, apareció un individuo con un maletín al más puro estilo el cura de El exorcista —o así me lo imagino yo— y sacó un aparato raro que fue pasando por todas partes, mientras lo observaba. Y, vale, yo lo hubiera pensado si creyera en esas cosas, pero es que un compañero vino y me lo dijo, directamente. ¡Nos estaban haciendo un exorcismo!
Luego ya nos enteramos que eso que percibía el tipo aquel con tanta intensidad en su chisme extraño eran las ondas y las geopatías. Pero, siendo sinceros, el hecho de tener una iglesia viejísima al lado y que hubiera gente por allí hablando de ese tema, nos sugestionó... un poco.
Pero volvamos al momento en que sonó el teléfono ayer y descolgué, ligeramente abstraída por mis elucubraciones sobre la carta, Martin Sheen y la secta del Séptimo día.
—¿Sí? Dígame... ¿Hola?
—El palo que te voy a dar sí que te va a doler —me respondió una voz de hombre, bastante enfadado.
Colgué.
Ya estaba... el psicópata había averiguado que habíamos abierto su misiva y, ahora, pasaba a otro estadio. Se atrevía a llamarnos y amenazar. Pero se equivocaba, que yo allí no pinto nada y no le he hecho daño a nadie, ¡oiga!
Volvió a sonar el teléfono... ¿Qué hacía? No podía dejar de responder, porque eso significaría cortar la comunicación con el resto del mundo.
—Hola...
—Hola, ¿qué tal? —Era el padre de los dueños—. ¿Está mi hija por allí?
—No, qué va, hace nada que se ha bajado para darle de comer al niño.
—Ah, vale, entonces, la llamo al móvil en un rato.
—Oye... ¿tú has llamado ahora mismo?
—Sí, pero se ha debido de cortar.
—¿Y has estado diciendo que ibas a pegar a alguien?
—Sí —me respondió entre risas, ya consciente de la interpretación que yo había hecho de sus palabras—, a mi mujer, que se ha caído por andar subiéndose donde no debe.
—Ya, pues, la verdad es que no se ha cortado...
El poder de la sugestión es tremendo, sí, pero... ¿quién envía ese tipo de cartas? ¿Cuál es el fin de esa inversión en sellos y papel? ¿Por qué allí, precisamente? Hay gente muy trastornada...
*Dejo pendiente escribir alguna entrada sobre bromas telefónicas.

Jajajaja, me hubiera gustado verte cuando sonó el teléfono.
ResponderSuprimirLo de esas cartas la verdad es que es extrañísimo, creo recordar que hace muchos años llegó una de ese estilo a casa de mis padres, mi madre muerta del miedo por si era alguien que vigilaba la finca... Chalados que se aburren o simplemente chalados, ganas de hacer la puñeta o, quien sabe, ganas de descojonarse de pensar en el efecto que causarán esas cartitas a sus receptores.
Y el que llamó un crack, otra vez cuando cojas el teléfono dices que tienes un bate de baseball y sabes usarlo.
Besos.
Jeje... sí, cuando sonó el teléfono por segunda vez, tuve que poner cara Master Card.
ResponderSuprimirYa, luego, comentándolo, resulta que antes enviaban cartas con una peseta, amenazando con la maldición eterna, si no seguías la cadena. Vamos, como los emails que hacen lo mismo.
Con respecto a lo de la llamada... si pudiera, no te creas que me iba a cortar un pelo. Pero no es el caso. Así que a poner cara de mus, no ya de poker!
Besos!!
De mucho zuzto todo, oye :S
ResponderSuprimirDe forma aislada, probablemente, no me hubieran impactado. Pero, claro, se me dispara la imaginación...
SuprimirUn beso
Yo acabo de pegar un brinco y me voy a encender mi lámpara de sal, es que me lo has puesto mu, pero que mu aprensiva
ResponderSuprimirMás besitos
Es que... ¡no sabemos quiénes nos rodean! Las intenciones de la gente son, a veces, muy oscuras. Y como lo pensemos, da miedito.
SuprimirMuaks!