lunes, 13 de febrero de 2012

En mi lista...

Hace muchos años, cuando la televisión aún era en blanco y negro, en un pequeño barrio donde vivían familias de clase humilde, una niña que aún no cumplía los diez fue a bañarse.

Como cada noche, su madre aparecía al final, para aclararle bien el pelo y ayudarla a secarse, porque el calor de la lumbre no era suficiente para la humedad helada que provenía del río.

Cuando Púrpura, la madre de esta niña a quien llamaremos Naranja, empezó a pasarle la toalla por el cuerpo, se topó con un verdugón que le cruzaba gran parte del muslo.

—¿Qué te ha pasado aquí?
—No sé... —respondió Naranja, con lágrimas en los ojos.
—¿Quién te lo ha hecho?
—La señorita...
—¿Por qué?
—Es que... —explicaba entre sollozos— llevé la redacción sin terminar.
—Bueno, ponte el pijama y no te preocupes.

Al día siguiente, Púrpura fue a hablar con el director del colegio para que le llamara la atención a la maestra por haber golpeado a Naranja con la pata de una silla de hierro y, además, le dejara claro que a su hija le impusiera otros castigos, pero no le pegara.

Don Director, ante tales quejas, mandó llamar a la señorita Maestra y entre ambos defendieron la postura de esta última.

—A mis hijos, no les pego ni yo. Así que me va a hacer el favor de no volver a hacerlo.
—Uy, señora —le dijo señorita Maestra, envalentonada por la presencia y apoyo de don Director—, no se ponga usted así, porque por ahí no se va a morir.

Completamente indignada y a pocos días del final de curso, Púrpura sacó a la niña del colegio, pensando ya en apuntarla en otro, aunque fuera de pago. Sus dos hermanos eran mayores y, sin haberles podido dar una educación mejor por falta de recursos, se habían puesto a trabajar, al mismo tiempo que estudiaban becados en distintas escuelas. Lo cual les permitiría pagar las futuras mensualidades del nuevo colegio con desahogo.

Así pasó una semana, el curso terminó, llegó el verano y, con él, los primeros días de las vacaciones. Pero la verdad era que Púrpura se sentía muy mal, se había cometido una injusticia contra uno de sus hijos y ella no había podido hacer nada. Apenas comía, se pasaba el tiempo taciturna, dándole vueltas a la cabeza.

Pero quiso el destino, o las dimensiones de aquel pequeño barrio, que al volver de comprar en el mercadillo, Púrpura avistase a lo lejos a señorita Maestra con otra profesora.

—Mírala, por dónde va —le dijo a su vecina y amiga—. Esperadme en esta esquina.
—Por favor, Púrpura, ¿dónde vas? —preguntaba Amiga, temiéndose lo peor.
—A hablar un momento con la tía zorra ésa. Espérame aquí, Naranja, y cuida de las bolsas.
—Ay, por dios, déjala, Púrpura, déjala, por lo que más quieras.

Y, probablemente, lo que más quería era la razón por la que cruzó la calle, hasta donde estaba la profesora, y la arrinconó contra un árbol.

—Bueno, ahora me va a decir usted lo que me dijo el otro día en el colegio.
—Uy, no... Mire, yo... no, no —titubeaba sin sentido.
—¿Por qué pegó a mi hija?
—Claro, es que los niños son muy malos y hay que castigarlos.

Pero la paciencia casi inagotable de Púrpura había tocado a su fin. Así que le dio un bofetón que “le volvió la cara del revés”, mientras Amiga gritaba desde la esquina: “¡Otra! ¡Púrpura, dale otra en el otro lado!”.

—Oiga, oiga. ¡Me ha pegado!
—Pues, mire, sí. Pero “tenga usted en cuenta que por ahí no se muere”.

Entonces, señorita Maestra fue corriendo al colegio, para llorarle al director. Y Púrpura la siguió.

—¿Pero cómo se le ocurre? —le reclamaba ofuscado don Director.
—A mí no se me tiene que ocurrir nada. Esta señorita ha probado un poco de lo que le da a los niños.
—¡Por dios santo! No se puede tirar la reputación de una profesora así, en la calle, delante de todo el mundo.
—Ni la dignidad de una criatura delante de toda la clase —respondió Púrpura, mientras les tendía un papel—. Mire, aquí tiene mi número de teléfono, por si quieren ir al cuartel a denunciarme. Pero piensen que yo también puedo denunciarlos, porque tengo un parte médico. Buenos días.

Jamás hubo denuncia, ni parte médico alguno. Ni ésta fue la primera vez que Púrpura ponía los puntos sobre las ies a indeseables que se extralimitaban con su familia.

Quizás, por eso, cuando nos pidieron en el instituto que anotásemos el nombre de tres personas a quienes admirásemos, mi lista fue ligeramente diferente a la de los demás. Porque yo no nombraba ni a deportistas, ni a cantantes ni a famosos.
  

Marie Curie, Severo Ochoa y mi abuela Púrpura.



14 comentarios:

  1. Los pelos de punta me has puesto con esta historia. Me parece admirable tu abuela porque por aquellos años la figura de los profesores/maestros era intocable.

    Normal que la salga en tu lista, que ya tiene lo suyo con los dos personajes que la encabezan.

    Besos y a cuidarla.

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    1. Alejandro, todo tiene una explicación... y, para ella, su familia, las personas a su cargo entonces, somos intocables.

      Jajaja... preguntaron sobre personas que admirásemos y yo admiro a quienes se sacrifican por los demás, quienes luchan por el bien ajeno.

      Son tantas sus historias y a mí siempre me ha gustado escuchar.

      Besos y gracias.

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  2. Me encanta la historia. Merecida bofetada y razonamiento impecable.

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    1. Gracias, HombreRevenido. A los que abusan de los débiles no les gusta enfrentarse a iguales.

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  3. Ouh, qué bonita historia y qué buen par de cojones tu abuela!

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    1. Jajaja, gracias. Más que el caballo de Esparteros, Cris! ;P

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  4. Que hermosa historia, me ha gustado mucho. No me extraña que en tu lista estuviera ella; y pobre de ti que no se te hubiera ocurrido ponerla!! (es broma)

    Y que lección a la profesora. Seguro con el tortazo la dejó mirando para Toledo para el resto de sus días (al menos es lo que espero)

    Un beso

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    1. Nefer, gracias! A saber qué fue de esta señora. Seguramente, siguió maltratando a los niños unos cuantos años más. Muy triste.

      Besos!!

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  5. Una abuela de armas tomar! aunque responder con violencia a la violencia no me parece el mejor remedio.

    Mira que eres egocéntrica.. qué te gusta poner fotos tuyas en el blog XD.

    Besos!

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    1. Sin duda, Ingrid, una personalidad de lo más afable que se subleva contra las injusticias. Pero ella no respondió con violencia, sino que fue a pedir que detuvieran los actos de aquella señora y se topó con una justificación que no tenía ni pies ni cabeza, que avalaba ese comportamiento. Tanto que sacó a su hija de allí, consciente de futuros maltratos.

      Ahora es mayor, pero de joven ella era un pedazo de mujer y aún así la profesora era más grande que ella. ¿Por qué no esta individua la detuvo cuando fue a soltarle el bofetón? ¿Qué tipo de razonamiento es "pego a niños de ocho o nueve años con barras de hierro forjado porque no han terminado los deberes a tiempo"? Y eso lo tenía como costumbre.

      El remedio lo puso ella, alejando a su hija de allí, cuando a quien tenían que haberse llevado era a toda la cohorte de maltratadores infantiles que había.

      Y sobre lo de las fotos, muahaha... ¿quieres que tú y yo hablemos de fotos, reina? Cómo me gusta tener ventaja!!

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  6. Fiuuu fiuuuuuuuuuu, qué necesidad hay de hablar de fotos, ejem ejem ;)

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    1. Necesidad la tuya... no he sido yo quien ha sacado este tema. Pero si quieres, si tú quieres y por darte el capricho, podemos seguir... y enlazar.

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  7. Que buenos héroes para tu vida amiga
    Besitos que no se si antes te los dejé

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    1. Sí, me ha enseñado tanto... me ha demostrado tantas cosas y, aunque hemos discutido y nos hemos enfadado, siempre ha tenido una palabra de cariño y muchos gestos de devoción. Es un ejemplo, aún hoy, que no se me puede pasar por alto.

      Besos!!

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