sábado, 31 de marzo de 2012

Epifanía


Pero no la del Señor —de algunos—, no... sino la que tuve yo el otro día, mientras esperaba el metro. Llevaba años viendo un mural vacío al otro lado del andén y pensaba que era porque no habían colocado anuncios ahí, puesto que sí los hay en los paneles contiguos. Era una especie de panel gafado.

Sin embargo, hace unas semanas, tuve una revelación. ¿Y si aquello era algo artístico? Cosas más raras se han visto.


Después de años imaginando que unos graffiteros habían dejado a medias el trabajo o que se lo habían borrado, ahora surge la posibilidad de que eso sea una creación en su totalidad. Y si es así, ¿alguien me puede decir qué leches ve ahí?

PD. Tranquilos, esto no es un test de Rorschach encubierto ni nada parecido.


 

viernes, 30 de marzo de 2012

Jeremías


Como esto va de confesiones y vosotros no me conocéis de nada ni ganas que tenemos, os voy a ir hablando de cosas que me gustan, ¡¡pero no me pegan nada!!

¿Y por qué no empezar por algunas de las canciones de Jeremías? Hace ya bastantes años, mi prima 20D me pasó unos cuantos temas de este cantautor venezolano y... bueno, no me disgustaron. Necesitaba música para consumir, eran muchas horas de viaje al cabo de la semana, el mes, el año... y lo siguen siendo.

Así que empecé a investigar y me hice con más canciones suyas. Las tiene más movidas, con el ritmo latino que ellos suelen imprimirles, y otras son más lentas. Pero... lo que más me gustó fueron las letras. De hecho, es lo que, hoy por hoy, sigue atrayéndome.

Suelen ser letras que cuentan historias y a mí me encanta eso de montarme una novela completa, mientras las voy escuchando. Ah, pobre hombre, va a una cena a la que le han invitado unos amigos, pero también son amigos de ella y se la encuentra allí con el novio nuevo. ¡Qué mal! Ella, más feliz que un regaliz y él... mirándola con ojos anhelantes, bla bla bla... ¡Pero fijo que aún lo quiere y el otro es para despistar! Pero se hace la chunga... ¿por qué?

“Triste coincidencia, tú y yo en este lugar. Tú viniste hoy acompañada, yo vine con mi soledad. Tu mirada esquiva y el saludo tan formal. Y debajo de mi armadura, sangra la dura realidad de ver que soy tu pasado, un pacto olvidado. Y sin querer me resisto, y veo espejismos donde tú y yo estamos otra vez igual que ayer, y me miras como lo has mirado a él. Y tu mano con la mía es la red que me detiene al caer.”

Pero, además, aunque me digáis que es un pachanguero o un ñoño totalmente hortera, me da igual. Me gusta cómo mantiene la rima consonante —además de la asonante— que en estos tiempos parece estar tan denostada. Algo incomprensible, cuando ha sido un recurso utilizado durante siglos para transmitir ingentes cantidades de cultura en forma de canción y poema.

“Dormida entre sábanas que ardieron con el frío de dos cuerpos extraños escondiéndose del olvido. ¿En qué soñarás?, pregunto y prendo un cigarrillo. No recuerdo tu nombre, seguro tú tampoco el mío. ¿Qué amores perdidos a mí te han traído? ¿Quién es el que te quitó el vestido, anoche, cuando tu desamor y el mío se unieron, queriendo llenar nuestro vacío?”

Y juega con el significado de las palabras. Hace un uso del oxímoron que atrapa algo dentro de mi mente y me deja repitiendo la frase en cuestión, tarareándola sin remedio.

¿Qué fue de la respiración, corta y tan acelerada, que entre tú y yo hubo con cada mirada y que a nada llegó? Y ahora el silencio empieza a hablar, abre diciendo que es el comienzo del final...

jueves, 29 de marzo de 2012

Pancho


The Artist (Hazanavicius, 2011) ha sido la película revelación de estos meses. Se ha llevado Oscar para dar y regalar. Mejor director, actor, diseño de vestuario, película, banda sonora... de diez nominaciones. Pero también arrasó en los BAFTA, los Golden Globe y ¡hasta un Goya!

No, por ello, vamos a restarle méritos a la película. Está entretenida, es muy original, ágil, arriesgada, diferente, refrescante... Y habla de una verdad muy grande. No nos gustan los cambios, pero si no los aceptamos, estos pasarán por encima de nosotros y el mundo continuará girando, bla, bla, bla.

¿Pero os habéis fijado que el perro es Pancho? Sí, sí, ¿os acordáis de ese anuncio que nos informaba de la fuga de un perrito muy obediente, pero más inteligente? Pues ya lo he encontrado. Se fue a Francia, allí hizo carrera como figurante y el año pasado coprotagonizó —tiene más diálogos que Jean Dujardin— la película que se llevó de calle los Oscar de este año.

Es más, ahora se hace llamar Uggie y el 28 de abril está invitado a cenar con el mismísimo Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, en la Casa Blanca.

Esto sí que es que te toque la lotería.

miércoles, 28 de marzo de 2012

29M


Tenemos dos manos y dos piernas, un par de ojos que nos funcionan bien, muchas ganas de aprender y salud para hacerlo. Manejamos distintos programas informáticos más allá de nivel usuario, hablamos algún idioma más que el nuestro, sabemos conducir, aprendemos rápido, hemos superado pruebas institucionales durante años, tenemos un nivel cultural alto, nos sobran sueños e ilusión...

Pero nos están robando las oportunidades, el tiempo, la voluntad... en definitiva, la vida y nuestro momento. Ahogados, vemos los días consumirse, tras la ventana, sin poder saltar para alcanzar nuevas etapas. ¿Cuándo nos dejarán crecer?

Pienso en mañana y la sensación de estar vendidos se hace más grande... y más grande. Esto ya... se me está volviendo tristeza. Qué ganas de prenderle fuego a todo.

martes, 27 de marzo de 2012

Mercadona


La “milla de oro” de Madrid es una zona del barrio Salamanca donde se reúnen una serie de tiendas de los más destacados emporios internacionales. Es donde va de shopping con su chico y el churumbel Soraya Sáenz de Santamaría y se encuentra a la ex ministra psocialista Cristina Garmendia, para que me entendáis. No sé... algo así como la versión cutre de Rodeo Drive de Beverly Hills, o sea, ¿sabes?

Pero, sorprendentemente, la semana pasada saltaba la noticia: Se abre un Mercadona en la “milla de oro” madrileña.

Por su parte, los supermercados de Juan Roig se han caracterizado —al menos, en mi experiencia— por lo amistoso de sus precios con el bolsillo de la clase obrera. Quizás, eso haya sido el principal catalizador de su crecimiento exponencial en los últimos años. De hecho, el primer Mercadona que recuerdo es uno que había cerca de la piscina cubierta a la que iba en mi época de colegiala. Después, me llamó poderosamente la atención encontrarme uno en Valencia, cuando bastantes años después visitaba la casa nueva un familiar. Y, de un tiempo a esta parte, El hacendado ha llenado El Bosque verde de Deliplus con su omnipresencia.

Entonces, como siempre, me surgen las preguntas... ¿Están desapareciendo las diferencias sociales y perteneceremos todos a la misma clase? ¿Será lo contrario y los precios dejarán de ser asequibles para el público humilde? ¿Se formará un grupo de gente en el exterior, como sucede en el que tengo aquí cerquita, a la espera de saquen los contenedores de basura con los productos caducados, para revolverlos y poder cenar esa noche? ¿Tan mal están los ricos que necesitan nuestros supermercados?


lunes, 26 de marzo de 2012

Shame

Michael Fassbender y Carey Mulligan parecen, a priori, un aval suficiente sea cual sea el guión. Y la verdad es que consiguen unas interpretaciones tremendas. Pero Shame (McQueen, 2011) es de esas películas que seducen hasta las últimas consecuencias o decepcionan amargamente.

Fassbender interpreta a Brandon, un tipo corriente, soltero, atractivo, con un trabajo bien pagado y un cómodo apartamento en Nueva York. Pero... tiene un problema. No es capaz de controlar sus apetitos sexuales ni la forma en que necesita que estos sean saciados, convirtiéndose en esclavo de ellos.

Por momentos, me recordaba a Leaving Las Vegas, un ser humano dominado por sus pasiones más bajas, por la dependencia que éstas le suponen y los impedimentos que pone en su camino, no para ser feliz, sino simplemente para dejar de vivir atormentado. Salvando las distancias que marca la pazguata Academia de Cine Norteamericana, claro. Ya que Nicholas Cage sí consiguió el Oscar, mientras que Shame ni siquiera estuvo nominada a nada, a pesar del gran trabajo de ambos protagonistas.

El aparente equilibrio que mantiene Brandon, obteniendo lo que necesita a través de internet, pagando o de forma casual, se ve interrumpido por la llegada de su hermana Sissy (Mulligan). Y si él está pallá, ella no le anda a la zaga. Sin casa, sin trabajo estable, se dedica a cantar en locales bastante exclusivos. Pero, como su hermano, tiene una relación de dependencia afectiva, con varios intentos de suicidio.

Y a esas alturas de la película es cuando dices “vale, lo que sea que les haya pasado, les ha pasado a los dos... ¿pero qué?”.

Mientras, cada uno a su manera, caen más y más bajo, va viéndose una especie de atracción entre ellos de lo más escabrosa, pero no termina de cristalizar. Detalle que muchos le han reprochado a McQueen, tachándolo de cobarde, al querer hablar de algo pero no ser lo suficientemente valiente como para exponerlo de forma abierta.

Mucho plano secuencia, mucho plano fijo, ritmo lento, bastantes desnudos integrales sin venir a cuento, unas cuantas escenas explícitas pero de coreografía forzada... Realmente, cuando la han calificado como “drama erótico”, le veo el drama, pero lo erótico no aparece por ningún sitio.

De todas maneras, merece la pena verla... por disfrutar de la interpretación de ellos (y del culo de Fassbender), por la versión que hace Carey Mulligan de New York, New York con mensaje cifrado y por ese breve fragmento de My Favorite Things de John Coltrane.

“I wanna wake up in a city that doesn’t sleep and find I’m king of the hill, top of the heap.”




domingo, 25 de marzo de 2012

Conversaciones de mujeres


A veces, el género implica ciertas circunstancias y, sin saber por qué, muchas nos encontramos en situaciones ligeramente... diferentes. Porque hay cosas que no se prestan, ni se cuentan, ni existe mejor comprensión que la de la solidaridad...

***

Más animada que en todo el día, 53 abre su bolso.

—¡No me lo puedo creer! ¿Dónde está mi barra de labios? Ay, yo sin mi pintalabios no soy nadie.

25, muy seria, le lanza una mirada a 30, que se hace la loca como puede para que no se le escape la risa. Dado el panorama laboral y las intrigas interpersonales y económicas que se dan en ese entorno concreto, 25 y 30 tienen una especie de pacto tácito para aparentar un trato casual, eso incluye nada de gestos ante los disparates ajenos.

—De verdad, a que voy a tener que volverme a casa —continúa 53, mientras revuelve en el bolso—. ¡Necesito un pintalabios!

—Bueno… seguro que El Corte Inglés sigue abierto —30 intenta ofrecer una salida que no implique su gloss por ninguna parte.

—¡Qué dices! Me vuelvo a mi casa antes que comprarme uno ahora… Ay, y mi chico esperándome. Es que voy a necesitarlo varias veces.

De pronto, aparece la barra de labios y 53, más contenta que unas pascuas, se va al baño.

—Ésta quería que le dejáramos uno —dice 25, en susurros.
—¡Vamos! Ni locas... menudo asco.
—Y ya con lo del novio... casi vomito.

***

Te bajas del coche, calzando las gafas de sol porque no te ha apetecido nada pintarte la pestaña, y pasas a recoger a tu madre. Al ir, de nuevo, camino del coche, os cruzáis con una señora que te suena de algo, pero ni idea de quién es.

—¡Hola! —te dice la mujer.
—Hola —le respondes, sonriente, pensando que debe de conocer a tu familia e, incluso, a ti, pero tú no la sitúas.
—Qué guapa... —le dice a tu madre.
—¿Quién?
Mamá, yo también te quiero.
—Ella, ¿es tu hija?
—Sí.
—Pues es tal. Tan pascual y tan lo de más allá. Y mira qué eso tiene.
Qué vergüenza... qué vergüenza... Vámonos de aquí.
—¿Has visto? —Tu madre no cabe en sí—. Y la tuya también es tal.
—Bueno, pero no tanto, como está un poco lo otro.
¡Será cabrona! Y la pobre chica sin saber lo que va diciendo su madre de ella por ahí.
—Eh... me voy a ir a por el coche, ahora vengo. ¡Hasta luego!
—¡Adiós, adiós! Sí, sí, eso dice, que está tan contenta de haber nacido en otra época, porque ahora está el mundo muy mal. Ellos son unos */$%$& y ellas, unas %(/&/#€#.
¡Toma yaaaa!

***

—¡Ay! Espera un segundo... Es que, al abrocharme —le dices a tu amiga, mientras te subes la cremallera de la cazadora—, esto me aprie...
—¡Se te desabrocha el sujetador!
—Sí, algunas veces, eso también... Pero, de fijo, se me caen los tirantes.
—¡A mí me pasa mucho!
—Pfff, pues es incomodísimo —le respondes, al tiempo que vuelves a colocarlos, medio cabreada.
—¿Qué quieres? Es el precio de estar tan buenas... —te anima, sonriente.
 
***

Con el Fotogramas de los Oscar en las manos...

Mi gloss y Clive Owen


—Mira que me gusta George Clooney, pero... aquí no sale nada bien —dice 30.
—Ay, no, no... —53 necesita expresarse al respecto—. Yo es que siempre he sido del estilo de Brad Pitt, ¡dónde va a parar!
—Nnnn... A mí, por supuesto, ninguno de los dos.
—Claro, 25, como estos son de los que se duchan... —Sí, eres mala—. Pero es que a Johnny Depp no le dejaron entrar este año, por medidas higiénicas.
—Bueno, bueno, bueno... —53 ha descubierto la publicidad de la contraportada— ¡Prefiero al moreno éste!
—Ohhh, Clive Owen —se oye un coro de voces femeninas.
—Pero Brad Pitt, en la de romanos —sigue 53—, ¡sale pa comerle to!
—En Troya, el que estaba que ¡cómo estaba! era Eric Bana —se suma 26.
—¡Síiiiii! ¡¡Héctor!! —30 también tiene sus debilidades—. Es que ni me enteré de que salía la Barbie culturista.
—Decid lo que queráis, pero sigo diciendo que Brad Pitt estaba estupendo haciendo de Aquiles.
—¿En Troya? —Ha aparecido 34 y, muy desinformado, opina—. Hizo una interpretación buena, pero tiene trabajos mejores, tanto en comedia como drama.

***

—Anda ya... eres una exagerada —te dice X, partido de la risa.
—No, no, hablo en serio. Pero, vamos, tú mismo... Estás avisado.
—No me lo creo.
—Espera y observa. ¡E!, ven un segundo.
—¿Qué? —os pregunta E.
—Si yo te cuento que el otro día F me aprisionó contra la pared y me metió la...
—¡¡CALLA!! —grita E, mientras se tapa los oídos—. ¡No me cuentes esas cosas que luego me las imagino!
—¡Qué mentes tan calenturientas! —dice X.
—No, no... —intentas defender vuestra postura—, es cuestión de visualizar... sin querer. Si me dices que te han dado un pelotazo en las costillas con una bola de hockey ese al que juegas, enseñándome la marca con redondelitos que te ha dejado porque tiene unos orificios, ¡yo veo la pelota! Hasta me la imagino naranja fosforita, no sé por qué.
—Eso es una cosa, pero imaginarte a la gente follando, ¡es otra cosa!
—Es lo mismo —interviene E—. Yo no lo puedo evitar, así que pido a los demás que no me cuenten esas cosas... y, desde luego, tampoco doy detalles de si mi novio me hace o yo le hago. ¡Nunca!
—Y si eso es asqueroso... —continúas—, la cosa se complica cuando ves a esa persona y te entra la risa, porque te lo imaginas... jugando al hockey. ¿Cómo explicas que te estás partiendo en su cara?
—Hablando de hockey, no quiero saber cómo llegaste a verle la marca esa en las costillas.
—Porque estábamos hablando de pelis guarras... —dice X, con maldad, divertido.
—¡CALLA! —repite E.

 ***

¿Alguien se anima a contarnos alguna de estas situaciones?
 

sábado, 24 de marzo de 2012

De miedo

No me tengo por una persona precisamente valiente, sino todo lo contrario. Sí, puedo llegar a ser descarada en exceso, cuando no veo maldad o “peligro” alguno. Aunque no quiere decir que no sea hiriente, llegado el caso, que conste. Cobarde, sí; santa, no.

Como todos, tengo mis miedos... y, gracias a algunas personas de mi entorno o a cómo se han tratado, son más bien vox pópuli.

Se los reconozco a quien haga falta y no me da vergüenza ninguna. Al menos, estos, no. Así que voy a contaros mis miedos más “conocidos”. Los otros, los secretos que atormentan mi alma, los dejaré para cuando me convierta en alguien interesante. Si eso ocurre alguna vez.

Desde pequeña, siento un miedo completamente irracional —si es que lo hay de otra clase— hacia los perros. Se puede extender a los gatos. Pero como estos son menos sociables y, si son callejeros, van a su bola, resulta menos evidente.

Recuerdo no poder entrar a la papelería donde mis padres compraban el periódico, porque dejaban a los perros atados a la valla de los jardincitos y parterres, mientras los dueños se tomaban el vermut en algún bar cercano. De hecho, había veces en que no podía ni salir del portal. Así que me tocaba subir a casa, de nuevo, y contarle a mi madre —temiendo que se fuera a enfadar— lo que me había pasado.

Aún hoy, por ejemplo, vengo a casa de noche, con las calles desiertas, y si escucho un ladrido o unas pisadas de pezuñas, el corazón se me desboca. Al menos, de día, si van sueltos, tienen más distracciones.

No obstante, si conozco al perro, él a mí y nos caemos bien, no pasa nada. Quizás, por eso era más chocante verme con el boxer que tenía mi prima 15E, jugando, corriendo y hasta metiéndole la mano en la boca para sacarle lo que fuera. Con él aprendí montones de cosas sobre los animales, sobre la lealtad canina y el cariño y diversión sin precio que ofrecen.

 
De cachorrito...
Sin entrar en demasiados detalles, ya que es algo que me cuesta explicar —porque no lo entiendo bien—, siento miedo por la muerte. Tanto por el acto o hecho en sí, como por la pérdida que supone.

He tenido docenas de charlas sobre el aspecto “científico” y sobre el espiritual. Somos una máquina que, por motivos varios, deja de funcionar. Sabemos que somos producto de obsolescencia programada. Y si acepto que existe el alma humana más allá del concepto de energía, me enfrento a una serie de opciones relativas a creer o no creer en determinados caminos y dimensiones.

En cuanto a la pérdida, es algo que no digiero y sólo de pensarlo... de pensar que nuestra vida va a estar plagada de despedidas y ausencias eternas, injustas, me da hasta ansiedad.

El tercer miedo que confieso aquí es el sentirme encerrada —da igual el tamaño del lugar— y saber que no puedo salir.

Diréis “pero si esta chica monta en el metro a diario”. Sí, de estación a estación no van más de dos minutos y sé que, en un momento dado, puedo recurrir a las salidas de emergencia. Aunque eso no evita que un malestar tremendo comience a invadirme cuando el tren se para en el túnel durante demasiado tiempo. Es decir, más de cuatro o cinco minutos. Y sé que hay conductor, como piloto en los aviones... Si no, ¿de qué?

Pero... no monto en un ascensor sola ni con desconocidos. Si voy con alguien, para hacer el paripé y no un feo, monto. Son unos segundos y ya está. Sin embargo, si existe la opción de las escaleras, opto por ellas sin dudarlo... con tacones, con patines, con un esguince o arriesgándome al “espera que bajo a buscarte” sea en casa de quien sea. Y ahora que son programados, dejo las bolsas, maletas o lo que sea dentro, pulso y subo andando.

Imagino que hay explicaciones en ciertos sucesos de la infancia —la mía— para estos miedos... lo sé, creo reconocerlos, pero esos no los voy a contar aquí. Sería demasiado confesar y vosotros no tenéis vocación sacerdotal. De lo contrario, me encargaría de pervertiros, porque os imaginaría como aquellos curas del calendario... Soñar es gratis.

En cualquier caso, pienso que, de fondo, hay un factor común y que es característico en mí. También, quizás, es propio de la definición de miedo. Y es la pérdida de control sobre el entorno y los sucesos ante los que no puedo luchar ni ganar. No puedo enfrentarme al instinto de un animal, no puedo vencer a la muerte, no puedo huir del encierro.

¿Me contáis algún miedo vuestro?

viernes, 23 de marzo de 2012

Los Folladores

Bip, bip, biiiip… Interrumpimos la programación de entradas con este especial informativo para hablarles sobre los recientes acontecimientos ocurridos en MiVecindad.

Desde la noche del lunes, según nuestras fuentes han podido constatar, un par de individuos sin identificar se dedicaban a realizar actividades en exceso ruidosas. Este suceso ha estado teniendo lugar durante toda la semana, valiéndoles el sobrenombre de Los Folladores.

Lo sorprendente del caso era la conjunción de factores: contaminación acústica sobreactuada, duración bíblica y frecuencia incompatible con jornadas laborales.

Finalmente, en la noche del jueves, tras hora y media de gemidos, se ha alzado una voz perteneciente a un indignado desconocido. Éste exhortaba al equipo a que terminase sus ejercicios cuanto antes, ya que le impedían descansar.

Tras esta intervención espontánea, se ha hecho un silencio sepulcral.

Seguiremos informándoles. Buenas noches.

***

—¿Tú sabes dónde es?
—Ni idea… Los de arriba no son, porque con ese escándalo despiertan a los niños y a la suegra.
—Ya, ni los de al lado. Se les ponen las niñas a llorar y les cortan la función. Pero no me fastidies que es la de abajo, porque me hundes.

***

—Prefiero no saber quién es, porque como me lo cruce en el portal… me va a dar la risa.
—Tú y tus visualizaciones.
—No es culpa mía, que no me cuenten ciertas cosas, más sabiendo que no puedo evitar imaginármelo todo… las partes escabrosas también.

***

—Pfff… ¿cómo va a ser la de abajo? Esa tía madruga muchísimo.
—Madre mía, van tres noches seguidas hasta las mil, lo va a dejar seco.
—No, pues a quejido no suena, precisamente, ¿eh?

***

—Igual es que se ha mudado alguien nuevo debajo de los de al lado.
—Joé, pero si nosotros lo oímos así, a los demás los estarán dejando sordos.
—Ssssh… calla, calla.

“¡¡¡A ver si termináis de una puta vez, cojones ya!!! ¡Todas las noches igual! ¡¡No dejáis descansar a nadie!! … habitación y tanto gemidito, ah, ah, aaah!!”

—Tío, qué manera de cortarles el rollo…
—Qué vergüenza, qué vergüenza.

“¡¡JODER!! ¡Que ya nos hemos enterado de que folláis! ¡¡Pero, chavaaaal, que no te la estás follando bien si la tía no se corre ni pa la hostia!! La que montan pa echar un polvo…”

—Pfff… puajajaja.
—Muahahaha.
—Esto es surrealista… ¿Se han callado?
—Sí, o terminan en modo silencio On o lo dejan para mañana.
—¿Mañana otra vez? Esa chica no va a poder sentarse.
—Jajaja…
—Sssh, a dormir.

jueves, 22 de marzo de 2012

Diversificar

Esa habilidad que tienen algunas personas para cortar una conversación o, sencillamente, no continuarla está ausente en mí. Hay quien lo hace con buen gusto y sutileza, mientras que otros son unos maleducados que dejan con la palabra en la boca a cualquiera o tan bruscos que consiguen un silencio sorprendido por parte de su interlocutor.

A mí me da un reparo tremendo. No sé bien si es por educación y cortesía o por no herir los sentimientos de los demás. A veces, intento hacerlo de forma sutil. Pero, como dice mi compañero, el que no quiere verlo no quiere verlo, te pongas como te pongas tú.

Así que... en ocasiones, este otro tipo de personas me coge a traición y ni poniéndoles cara de pena consigo escabullirme. Razón por la que me encuentro envuelta en charlas como la del otro día, de tres horas, con un chico que cada vez que me pilla por banda no me suelta.

Es alguien muy agradable, inteligente y con una conversación interesante, vale. Pero son tres horas en las que no puedo estar haciendo, mientras, otras cosas.

Fue saltando de un tema a otro, preguntándome mi opinión sobre ciertos aspectos de la vida y me dijo que había llegado a una conclusión seria en ese preciso momento. Obsesionarse, sanamente, con alguien no es algo positivo, porque hay demasiada gente en el mundo.

La tesis que proponía era que cuando encontramos a una persona, ya sea en el plano profesional o en el sentimental, y creemos que es aquello que buscábamos, que va a estar con nosotros para siempre, nos concentramos tanto en ello que cerramos el camino a las demás posibilidades.

Le dije que eso era algo obvio, un principio básico en el mundo de los negocios. Si inviertes todo tu capital en una empresa, cuando algo falle, estás perdido. Lo mejor es dividirlo entre distintos sectores, porque si hay una catástrofe natural y se echan a perder las producciones de algodón, por ejemplo, las empresas textiles se hundirán. Pero si tienes capital, además de ahí, en la construcción, la enseñanza, la electrónica, etc., esa caída no te arrastrará consigo. Por eso es importante no apostar sólo a una carta, por una persona, porque cuando desaparezca de tu vida tú no serás nadie.

Él añadía que, además, si te obsesionas con alguien, terminas por desgastar esa relación. Quieres saber dónde está esa persona a todas horas, que pase la mayor parte del tiempo contigo, comienzas a preguntarte por qué te ha elegido —demostrando inseguridad y poniendo en duda su criterio—, te convences de que te va a dejar y, finalmente, la otra parte se cansa y te deja.

Pobre... ¿se habrá enamorado y se siente agobiado o es él el que agobia? Tuve que responderle. Creo que eso se llama, en psicología, profecía autocumplida. Tiene dos variantes, una positiva y otra negativa.

—¡¿Qué puede tener de positivo, por dios?!

—Que el fin del que nos auto convencemos sea bueno o malo. Bueno es el que te lleva a hacer esto y aquello, porque lo vas a conseguir, lo vas a conseguir y terminas por conseguir lo que deseas. Malo es el ejemplo que ponías tú de hacer que alguien se marche de nuestro lado por culpa de miedos e inseguridades.

Esto lo llevó a la conclusión parcial de que las mujeres tenemos más asumidas ciertas ideas sobre la vida, como el no creer que las relaciones duren para siempre y la infidelidad.

—Perdona —le dije entre risas—, pero yo no tengo nada asumida la infidelidad. De ningún tipo, gracias.
—Bueno, quizás, se debe a que, históricamente, la mujer lo ha aceptado como algo natural. Mientras que el hombre ha necesitado una admiradora constante y le resultaba inconcebible que ella lo traicionara.

Entonces, le dije que el rol de la mujer, históricamente, había sido siempre más arriesgado. Sí, quizás, en su inocencia deseaba que la relación fuera eterna. Pero, de forma práctica, sabía que podía verse abandonada a su suerte con una prole de hijos y que, por ello, buscaba el apoyo de la comunidad. Devota, hace años, sí. Obsesionada, no. Porque esa obsesión podría costarle demasiado cara.

—Pienso que se debe a nuestro carácter latino... —me dijo—, necesitamos una mentalidad más europea, ¿no te parece? Creo que me obsesiono demasiado... es algo que tengo que cambiar, he de abrirme a más posibilidades.

Uh... entonces, pobre de la que le llamó por teléfono y a la que le dijo que le devolvía la llamada en diez minutos, porque pasó más de una hora y él ni miró el móvil.

—En literatura —barriendo pa casa—, dicen que la cuestión que más atormentaba a la cultura inglesa y del norte de Europa, en general, era el incesto. Y, sin embargo, los latinos y mediterráneos elegían como tema recurrente a diseccionar la infidelidad. Si te fijas, el incesto significa cerrar el núcleo, no relacionarse más allá de los individuos inmediatos. Mientras que la infidelidad es abrir el núcleo, relacionarse con quienes no forman a priori parte de éste.

—Mmmm... puede ser. Pero me ha gustado eso que has dicho de “si me falta esa persona, por los motivos que sean, yo no seré nadie”.

—Sí. Mañana nos puede atropellar un coche, nos pueden diagnosticar una enfermedad terminal, podemos conocer a alguien mucho más interesante que nos llene más, nos pueden abducir los extraterrestres... quién sabe. Lo único que está claro es que, como dice mi abuela, nadie tiene la vida comprada. Y si construyes tu personalidad en torno a ese alguien, ¿quién eres tú?

—Está claro que, sin esa pareja, no me quedará nada. Pero es tan complicado... te ves sumergido de tal manera en una vorágine de sensaciones, pensamientos reiterativos donde te preguntas cosas desagradables sobre ti, eres totalmente consciente de que hay mejores opciones que tú y el miedo a que dejen de elegirte es enorme.

—Disfruta de lo que tengas en cada momento. Esa persona es perfecta para el tú de ahora, no el que serás dentro de cinco años, ni el que fuiste hace tres.

—Se racionaliza fácilmente, pero llevarlo a la práctica...

—Es sencillo, dis-fru-ta.


Y vosotros... ¿qué? ¿Lo veis complicado?


miércoles, 21 de marzo de 2012

Esos ofrecimientos vacíos


Podría titular esta entrada “Esa gente que siempre ofrece y nunca da”, porque resume la esencia de lo que quiero expresar a la perfección. Pero es demasiado largo y ya sabéis que a mí me mata la estética del mensaje, casi tanto como el propio contenido.

“Aquí estoy para lo que necesites.”

“Si te puedo ayudar, cuenta conmigo.”

“Sea lo que sea, tienes mi apoyo incondicional.”

“Mantenme informad@, cuéntame cómo vas…”

¿Cuántas de éstas y otras variantes habéis escuchado o leído? ¿Y cuántas veces han sido reales? ¿Cuántos os han respondido con vacío, con silencio? O peor… ¿cuántos os han intentado hacer ver que sí han estado, una vez ha pasado todo sin ellos, como si fuerais un poco retardados?

Creo que es mejor no ofrecer, sino demostrar. Vale, puedes demostrar tu apoyo con alguna de las frases anteriores, pero no solamente con eso. El interés es algo genuino y si se fuerza, pierde frescura y esa ausencia de autenticidad termina por notarse. A veces, se extiende hasta convertir cada palabra, cada gesto, cada intención de esa persona en algo percibido por los demás como falso.

Para evitar esa sensación, pienso que sólo sirve —a mí, al menos— conocer mucho al otro individuo y haber aprendido a quererlo aún y siendo como es.

El otro día, me llegaba este correo a mi cuenta personal:

“…que me acuerdo mucho de ti pero siempre en horas que no puedo llamarte como ahora q estarás en el metro...jeeeeje

todo bien?

yo 2 meses missing con las practicas pero ya al lio de nuevo....

un muuuuuuacks enorme”

Me reí… es de alguien a quien le tengo mucho cariño, sé que tiene un corazón enorme y aprendí, hace muchos años, que sus “ahora te llamo” significaban “si eso, hablamos en la próxima vida”. Si hasta me preguntó por mí, que los hay que directamente van a lo suyo y tú eres únicamente un ente receptor.

En este caso, estoy convencida de que no lo hace con maldad. Ni yo tampoco.

“Jajajajaja... Es el subconsciente!! Sólo te avisa cuando es seguro acordarte de mí para no poder llamarme. ;P

Todo bien... dentro de lo que cabe. Pero, bueno, todos sanos. ¿Y tú?

Muaks!!”

Quizás, otro título que le encajaba bien es “Obras son amores y no buenas razones”. Pero tampoco me convence, sigue siendo largo y no importan las obras, en un principio, sino la falta de ellas cuando se nos ha llenado la boca de ofrecerlas. Porque… ¿para qué carajo prometes algo si, de antemano, sabes que no lo vas a dar?

A mí… a mí me gusta pensar que estoy cuando los demás me necesitan, y cuando no, también. Quiero que noten mi presencia en algún lugar junto a ellos al que puedan girar la cara o tender la mano si les hago falta. Pero, probablemente, no sea de esa forma en muchas ocasiones.

De hecho, soy consciente de haber fallado a alguna persona que contaba conmigo. Pero eso ha sido cuestión de supervivencia, un tú o yo. Nada que ver con esos ofrecimientos vacíos… Eh, creo que acabo de dar con el título adecuado.

¿Y vosotros dónde os colocáis?

A. Ofrecéis y dais.
B. No ofrecéis pero sí creéis dar.
C. Ofrecéis, pero no siempre dais.
D. Ni ofrecéis, ni dais ni que os busquen.
E. Con una frecuencia media, a intervalos, de cuatro o cinco veces al día.


PD. A quien me lea, si alguna vez os hago sentir así, me disculpo por anticipado.

martes, 20 de marzo de 2012

En blanco y negro

Este es un país muy peculiar, incluso para quienes lo conocemos de toda la vida. Y entre las muchas facetas que componen nuestra idiosincrasia está el no saber valorar lo propio y ensalzar lo ajeno. Quizás sea porque consideramos un rasgo muy provinciano y retrógrado eso de “lo mío sí que es bueno”.

Sin embargo, creo que tenemos unas cuantas cosas buenas: música, comida, literatura, pintura, alguna gente y... por qué no, nuestro cine clásico. Sí, aquí también se produjeron películas de esas en blanco y negro que merecen ser recordadas, de vez en cuando.

No quiero calificarlas como joyas —será por lo del antiprovincianismo—, aunque sí me atrevo a equipararlas con algunas creaciones hollywoodienses, de antes y de ahora. Porque no me apetece seguir lastrando ese prejuicio progre que denuesta algo por el simple hecho de haber sido aceptado por una dictadura militar, con independencia de si ha sido al amparo de ésta o no.

Exactamente por el mismo motivo, pienso que el cine actual está —en la mayoría de los casos— lejos de tener un nivel ni próximo a lo digno. Y es que la política, el dinero y el arte han formado un ménage à trois, a lo largo de la historia, lleno de celos y catástrofes.

Por eso, ya hace unos días, me viene apeteciendo hablar del cine clásico español. Así que, con toda mi ignorancia, allá voy...

La he visto ni sé las veces, pero El verdugo (Berlanga, 1963) continúa arrancándome carcajadas con sus diálogos y esas situaciones tan tremendas que plantea. El caso de Atraco a las tres (Forqué, 1962) es casi épico, muy actual —por desgracia— y bastante crítico. Pienso que, en algún momento, hemos perdido la capacidad para reírnos de nuestras propias miserias. Ahora, creo, lo llamamos denuncia social y sólo lloramos.

En el apartado del suspense, sin querer utilizar la palabra thriller, tenemos Muerte de un ciclista (Bardem, 1955). Aquí contamos con la ayuda de los italianos y con la total desaprobación del régimen, que la calificó como “gravemente peligrosa”.

¿Drama sentimental? Nada que ver. La tía Tula (Picazo, 1964) es una adaptación cinematográfica de esas que se acerca mucho a la obra literaria, que capta y sabe transmitir la sensualidad, la frustración, el miedo, los celos, el deseo... En fin, fantásticos el libro y la película.

Navidad, la Plaza Mayor y el “¡Chenchoooo!” en la voz rota de Pepe Isbert. ¿Quién no sufrió? La gran familia (Palacios, 1962) cumple con dos tendencias muy actuales, es una comedia familiar y, además, tetralogía.

Y me río yo de lo que veía, en ocasiones, Haley Joel Osment en El sexto sentido (Night Shyamalan, 1999). Ni pastillita azul ni roja, Neo. Para ciencia ficción la de Marcelino, pan y vino (Vadja, 1955), hágame usted el favor. ¡Pablito Calvo sí que veía cosas!
 
Son bastantes... más de las que creemos, en un principio. Pero tampoco es cuestión de aburrir a nadie. Así que ya termino, sí, sin nombrar ningún musical. Pero no sin antes añadir, como dato curioso, que casi todas cuentan con premios y han sido reconocidas internacionalmente... sin embargo, en ninguna sale nadie desnudo, ni sangre, ni explosiones, ni contaban con un presupuesto tremendo... Sólo eso.

¿Cómo percibís vosotros nuestro cine "clásico" y el actual?

lunes, 19 de marzo de 2012

Esa mentira


Hablando de los ingredientes necesarios para crear la receta del éxito de un blog.

—Esto ya lo hemos comentado antes, la temática influye mucho. Es importante escribir bien, mostrarse cercano, ser constante… pero la temática sigue siendo lo que engancha.

—Ya, ¿y cuál es esa temática? Esto también lo hemos hablado antes. A la gente le tira el rollo culebrón. Si yo escribiera, supongamos, sobre ese chico que empezó a sonreírme en el metro…

...hará unos tres meses, aunque no puedo recordarlo con exactitud, porque no fui consciente de ello hasta que pasó a significar otra cosa. Supongo que es el poder de la rutina, que todo lo confunde.

La cuestión es que, cada noche, viajamos en el mismo tren. A mí, cansada como voy a esas horas, no puedo decir que me llamase la atención más allá de encontrarlo agradable a la vista. Pero, quizás, ese mismo agotamiento hizo que perdiera cierto grado de discreción en mi costumbre de observar a los demás y él viera un interés que, en un principio, yo no sentía.

O eso es lo que me estuve contando a mí misma durante las semanas siguientes al momento en que me di cuenta, por primera vez, de que él me sonreía. Fue una sensación rara, de extrañeza. Recuerdo que estaba haciendo un barrido visual por todo el vagón, reconociendo a los “coincidentes habituales”, despacio, hasta que llegué a él.

Me miraba fijamente, mientras sostenía un libro abierto frente a sí, y eso hizo que se rompiera mi concentración. Lo miré a los ojos, pero rápidamente aparté la vista y giré la cara. Esto es algo que he hecho en cientos de ocasiones. Aunque… a los pocos segundos, volví a mirarlo disimuladamente. Y ahí seguía, pero ahora se sonreía.

No le di mayor importancia, pasaron varios días, varias noches y unos cuantos trenes, hasta que volví a verlo mirándome y sonriendo. No sé si coincidimos en ese lapso de tiempo, él dice que sí. La verdad, yo lo dudo, pienso que me hubiera hecho sentir incómoda, como estaba logrando en ese momento, cosa que él notó.

Así que, a partir de entonces, cada vez que me subía al tren y me lo encontraba, a lo que se dedicaba era a lanzarme miradas “sutiles”, pero ya serio. Tan serio que… un día, quien no pudo evitar la sonrisa fui yo.

Pasó una semana entera sin que nos encontrásemos, eso sí lo recuerdo. Me preguntaba qué más me daba a mí que un desconocido mostrase interés, eso sólo me traería complicaciones.

Pero el octavo día, cuando llegaba corriendo al andén, el tren cerró las puertas y no pude subir. Empezó a desfilar delante de mí, giré la cabeza para observar cómo se introducía en el interior del túnel, y lo vi allí, solo, de pie, mirándome. Y entonces supe, como lo sé ahora, que aquello marcaría un punto de inflexión.

Esa noche, cuando llegué a casa, cuando recibí mi beso de bienvenida, cuando cenábamos lo que preparó poco antes para que no me lo comiera frío, cuando me abrazaba y acariciaba en el sofá, excitado; cuando nos fuimos a la cama y varias horas después, me sentí muy culpable. Aún no le estaba mintiendo. Aún, no.

—… sí, desde luego, si cuentas esa historia, en unas semanas tienes a un montón de gente pendiente del siguiente capítulo.


¿Nos engañan o queremos dejarnos engañar?

viernes, 16 de marzo de 2012

Qué me jode...

No creo ser un ejemplo de educación, porque me equivoco demasiadas veces. Es consecuencia de esa parte de mí que sigue siendo humana. Pero... de entre las muchas cosas que me cabrean, la descortesía y la falta de respeto por los demás están at the very top of my list.

Y, claro, el Metro y mi uso diario de éste son una fuente inagotable de ejemplos típicos que se me presentan de forma demasiado recurrente. Ahí va una pequeña muestra, en un viaje cualquiera...

La solidaridad es tan bonita... cuando te sujetan la puerta —que suelen pesar 200 Kg—, para que tú pases y la sostengas, también, para quien llega detrás de ti y así formar una cadena. Y, eh, reconozco que a mí me la han sujetado aún estando a cinco o seis metros de distancia. Hay gente encantadora. Y hay otros que tienen una jeta del copón.

Así que yo... miro de reojillo y a los que pretenden pasar sin sujetarla, les suelto la puerta en la cara. O si ésta pesa poco, le doy impulso para que rebote y les de, mientras pasan. Esto se lo hice el otro día a una tipeja que empezó a recular por el pasillo y esperó a que alguien abriera, para salir ella... con tan buena suerte que la primera fui yo y vi todo esa maniobra en el reflejo del cristal.

Sigues caminando y llegas a los tornos para pasar el billete, que tú has sacado previamente, pero el de delante, no. Él o ella se detienen justo dentro del torno y empiezan a rebuscar en el bolso o la cartera, a ver dónde lo han echado. Con lo cual, te obligan a irte cuatro o cinco puestos más allá, porque los otros están ocupados con la gente que iba caminando al mismo ritmo que tú.

Así que yo... cuando logro entrar, me giro y lo o la miro con la ceja levantada para que se de cuenta de que me ha hecho perder un tren. Aunque, probablemente, no se enterará, por lo menos espero que piense que vaya gente más borde monta en el metro y, otro día, se coja el autobús.

Total que llegas al andén y esperas a que aparezca tu tren, mientras miras el crono falseado de “quedan 2 minutos”, cuando, en realidad, terminan tres canciones sin haber pasado por allí nada más que el tiempo. Y, una vez que llega el tren y consigues montarte, tienes que tomar la difícil decisión de elegir sitio... Porque un viaje en malas compañías puede volverse eterno.

Así que yo... evito por todos los medios —¡aunque tenga que ir de pie!— a cuatro tipos de individuos.

  1. Las marujas desaforadas que se van contando vida y milagros, poniendo verde a la Fulanita y a la Menganita. Vamos, un día me quedé sin batería en el mp3 y aquella conversación cambió mi perspectiva del universo. Cuántas veces se lo hacía a Zutanita el vicioso de su marido que la tenía agotada. E, incluso, les daba a los niños cinco euros para que se fueran a la calle después de comer con las oscuras intenciones de ponerse a darle al tema con la pobre Zutanita. ¡Menudo depravado!
  2. Los perfumados... ya sea en ausencia de agua y jabón —qué-asco-por-favor— o en el modo “me baño en Pachuli”. Con los primeros, me dan arcadas y, con los segundos, tos. En ambos casos, me mareo.
  3. Los que se montan la peli porno allí mismo. No sabría decir qué es más incómodo, si tenerlos al lado o enfrente. Esas incursiones lingüísticas, esos masajes que ni el fisioterapeuta del Madrid a Cristiano Ronaldo, esas posturas fricativas... ¡Y no los mires, cuidao! Porque, entonces, se creen que te interesa lo que van haciendo, como si a ti te pusiera ver a Vizzini, con 30 Kg de más y gafas de pasta, sobeteándose con la Cher de Móstoles. Hay quien tiene el coraje y se queda mirando descaradamente, a mí —aún— me ha faltado el estómago.
  4. El de la música a toda pastilla. De estos hay muchas variantes, desde el gótico que va escuchando mucho metal al bartolín ceporro que lleva la consola con sonido, pero sin cascos.

Por fin, llegas a tu estación y te acercas a las puertas para salir. Pero, antes, hay que pulsar un botón para que se abran. Los del otro lado se posicionan justo delante de ti, sin embargo, no tocan el botón y esperan a que tú lo pulses, para entrar arrasando... porque el que está a tu lado tampoco muestra intención alguna de apretarlo. Y comienza una lucha de voluntades.

Así que yo... espero unos segundos y, si nadie ha movido ficha, me retiro de la puerta y salgo por otra. Pensarán que soy idiota o, quizás, piensen que tienen que ser más sutiles, porque han quedado como unos caraduras. Si ocurre lo segundo, dará igual... porque el que no tiene vergüenza no se da por aludido, pero se jode y abre la puerta.


El botón de marras
 
Aunque, a veces, es tal el ansia que tienen por entrar los que están esperando en el andén, que empiezan a apretar el botón antes de que se haya detenido el tren. Y se amontonan, sin dejarte salir. De hecho, te empujan dentro otra vez...

Así que yo... paso de tener consideración con ninguno, al que no se quite me lo llevo por delante. Además, pongo cara de intención. Y, después del primer “impulso”, se abre un pasillito para dejarme pasar.

Pero estos tienen también la variante “siameses”. Son estos babosos que la película que se montan es más drama romántico moñas. O sea, vale, os queréis mucho, estáis muy anamoraos de la vida, but move your fucking ass, ‘cos I’m late!!

Así que yo... mientras los adelanto, con zancadas bruscas y dejando atrás a todos los pobres que se han quedado atorados por culpa de la maniobra de los “siameses”, suelto a su altura un “Joder, la gente... a pasear al parque”.

Y ya sales, subiendo las escaleras... mecánicas, que no estamos pa tonterías a estas alturas, y directos a la calle. Pero, entonces, ves que el de delante empieza a rebuscarse en los bolsillos, saca el cigarrito y se lo enciende. Con lo cual, tú te vas tragando su puñetero humo, porque al señor o la señora le ha salido de la punta del na...rciso.

Así que yo... conteniéndome para no correrlos a collejas, subo unos cuantos escalones y me giro a mirarlos. Pero les da igual... esos sí que disfrutan como yonkis con la nicotina. Y pienso que bastante desgracia tienen con ese vicio, que los controla hasta el punto de no poder estar ni un minuto más sin dar una calada.

Otro día, más... aunque sea desde Las Palmas II, que si me meten en la cárcel, no me voy a congelar el culo en Alcalá Meco.

martes, 13 de marzo de 2012

Mis condiciones normales


Seguro que conocéis esa clase de chistes pésimos tipo...

—Doctor, doctor, si me tiro de una oreja, me duele.
—Pues no se tire de la oreja.

Jamás les he visto la gracia. Aunque soy letal para cualquier contador de chistes, lo asumo.

Sin embargo, este ejemplo describe bastante bien cierta tendencia que no puedo evitar o que... sencillamente, no suelo evitar, más allá de si tengo capacidad para hacerlo o no.

Me evado de situaciones que me hagan sentir incómoda. Me levanto, me marcho, no voy, no contesto salvo por cortesía, miro por la ventana, me centro en una conversación ajena, pienso en otras cosas... En definitiva, me alejo, ya sea de forma física o mental, para no seguir pasando un mal rato. Y creo que eso lo hacemos todos. Algunos, más que otros y con mayor eficacia.

Aunque esto no quiere decir que no me enfrente o nos enfrentemos a lo que nos disgusta. De hecho, considero necesario hablar, razonar, explicarse... Pero una cosa no tiene nada que ver con la otra. Dialogas con el fin de hacerte entender y de comprender las razones de los demás. Cuando compruebas que el resto actúa de determinada manera porque están convencidos de ello, no hay nada más que añadir. De ahí en adelante, cada uno vive con su conciencia. Y, al final, eso es lo que cuenta.

Esta forma de evasión tiene sus inconvenientes, seguro que son muchos. Puede que te pierdas cosas —valgan la pena o no—, dejas de compartir ciertos sucesos con algunas personas, y esa parte de ti que necesita ser comprendida por los demás —no con afán de demostrarles cuánto se equivocan, sino para presentarles otros puntos de vista—  ha de ser silenciada.

Pero alejarse proporciona perspectiva y la visión que ésta te aporta es inestimable. Y puede que te veas en un lugar, con unas personas, involucrados en una conversación de la que tú no formas parte y, así, seas capaz de analizarlos desde fuera. ¿Quiénes son? ¿Quiénes pretenden hacernos creer que son? ¿Por qué hablan o callan? ¿Cuál es su mensaje implícito? ¿Cuánto te merece la pena cada uno de ellos?

E, inevitablemente, el mundo —ese mundo— se recoloca. Porque sí, porque tu silencio despierta a los demás de su ensimismamiento o no, porque tu atención al paisaje exterior hace mirar a los demás fuera o no, porque tu ausencia mental provoca el ofrecimiento solidario ajeno o no... Y esos “o no” te convencen mucho más de lo que la cortesía artificial pueda confesarte en millones de ocasiones.

Aceptar esa nueva disposición de elementos es difícil, lo más difícil. ¿En cuántas ocasiones nos vemos luchando contra un orden que no nos hacía enteramente felices sólo porque era el conocido? ¿Cuántas personas jamás llegarán a asumir que los lugares comunes dejaron de serlo? Y es que... es tan sencillo dejarse arrastrar por algo agradable y pretender que en nuestros pequeños universos sólo orbitan planetas encantadores...

Pero no es así. Y eso, al menos en mi caso, produce una lucha interna... o acepto que la constante de su gravedad no es 9,81 m/s2 o abandono... y sé que mis valores en condiciones normales no son precisamente comunes.

domingo, 11 de marzo de 2012

Irracional

Los jueves y viernes, a los de segundo ciclo, nos tocaban las optativas. Y, después de tener los miércoles de AAD —Actividades Académicas Dirigidas—, daba una pereza enorme ir para dar sólo una clase. La que teníamos a primera hora la habíamos dado por finalizada, ahora era tiempo de exposiciones e iba Rita the singer. Pero, a eso de las diez, me tocaba Poesía inglesa hasta 1950 y ya llevaba dos semanas sin ir, ni jueves ni viernes. Éramos muy poquitos en clase, unos quince, y el profesor —el Dr. Maligno— nos tenía más o menos fichados.

No me apetecía nada ir a sentarme allí y esperar a que el hombre ese me preguntase por qué me parecía que los poemas de Dylan Thomas —sin yo haber dicho nada— se podían calificar de alto contenido erótico, mientras se rozaba el labio inferior con aquel dedo meñique “inestirable”. Pero la conciencia me pesaba y no podía acumular tantas faltas seguidas. Así que, aquella mañana, me tendría que haber despertado el reloj sobre las ocho. Pero no fue así.

Entre sueños, oí abrirse la puerta de mi habitación y a mi madre que me hablaba, azorada. Casi a oscuras, me senté en la cama, escuchándola con extrañeza, pero sin preocuparme... Aún era demasiado inocente, me confirma el tiempo, para alterarme a la más mínima señal de inquietud en los demás.

—¿Tienes que ir hoy a clase?
—Sí... —miré el reloj luminoso—. Pero aún es pronto. ¿Por qué?

De fondo, escuchaba los pasos de mi padre, apresurados, de un lado a otro. Y la sempiterna amalgama de voces radiofónicas y estática que tanto me ha disgustado siempre.

—Ha habido un atentado —me dijo.
—¿Dónde?

Desgraciadamente, nada nuevo... Vivir aquí, aquellos años, tenía ese precio. Jamás podré olvidar la obsesión que adquirió mi hermano de llevarme al colegio por en medio de la carretera. Tras lo de aquella niña, Irene, no dejaba que me acercase a ningún coche aparcado. Y si veía a alguien desde lejos con las llaves en la mano, caminando hacia uno, me hacía dar un rodeo o esperar detrás de algún edificio.

—Hijos de puta, hijos de puta... —era la voz de mi padre, desde el salón.
—¿Qué pasa? —le preguntó mi madre, aún junto a mi cama, ya que apenas habían pasado unos segundos desde que entró.

Su silueta apareció en el umbral, mi habitación seguía a oscuras y la única luz era la que provenía del pasillo. Pasó, pertrechado con su radio de auriculares, y nos dijo que había habido otra explosión en Santa Eugenia. Estaba siendo en tres estaciones distintas: El pozo, Santa Eugenia y Atocha. Varios trenes diferentes.

—¿Vas a ir? —Me miraron los dos.
—Por supuesto.

En ese momento, sentí una especie de fuerza interior que me movía a hacerlo. El sueño y la pereza se esfumaron, me despejé rápidamente. Y, mientras desayunaba, intenté explicárselo a mi madre.

—Sé que tú no quieres que vaya, pero si me quedo, les dejo ganar. ¿Lo entiendes?
—Si por mí fuese, ni tu hermano ni tú os moveríais de mi lado para que jamás os pasara nada. Pero tenéis que vivir y tomar vuestras decisiones. Ya eres una mujer y comprendo y respeto que actúes como creas conveniente.

Así que, en un arrebato de irracionalidad, me marché, pero no sin antes verme obligada a llevar conmigo su móvil y aguantar una charla porque aún no me había dado la gana comprarme uno.

 
La sensación de bajar al Metro y empezar a ver a gente en silencio, conmocionada y con miedo es algo que permanecerá en mi memoria siempre. Igual que la expresión de los que llegaban desde otra línea, parlanchines, y se encontraban con aquel panorama, buscando caras conocidas que les hacían cambiar el semblante, mientras les susurraban lo que estaba pasando.

Cuando, por fin, nos subimos al tren y se cerraron las puertas, muchos apretaron los ojos y otros tantos, los puños. Sin embargo, no sentí miedo... Si tenía que suceder algo, sucedería sin más. Un destello y se acabó. Y ahí me di cuenta de lo egoísta que había sido con mis padres, pero era algo que debía hacer. Sentía que se lo debía a muchas personas, a quienes habían luchado para que yo tuviera derecho a la libertad.


De pronto, en medio del túnel, el tren se detuvo. La tensión de todos creció y una voz por megafonía interna nos anunció que la línea 1 había sido cortada. Eso nos hizo pensar, como comentaríamos días después, que las explosiones habían seguido en otros puntos y que aquello aún no había terminado.

En cualquier caso, eso no afectaba a mi itinerario. Tenía que hacer transbordo en el intercambiador y coger la circular hasta Ciudad Universitaria. Ese día, no iba a bajarme en Moncloa para ir en autobús hasta mi facultad porque las carreteras estarían colapsadas. Sobre todo, el Arco de la Victoria y la salida a la A6, que estaría cortada por algún dispositivo de la Guardia Civil. Prefería darme un paseo a quedarme en un atasco.

Cuando salí del Metro, saqué su móvil e intenté llamar a mi madre para decirle que estaba bien. Pero no daba señal. De hecho, no dio señal hasta una hora más tarde.

La avenida estaba casi vacía. De camino, había ido pensando en compañeros, amigos y algo más que tenían que coger el tren... ¿Quiénes pasaban por aquellas estaciones? Uno a uno, fui descartándolos mentalmente... y, al llegar a mi facultad, me encontré con una compañera. Por lo visto, al final, la huelga de la semana siguiente se había convocado para ese día y yo ni me había enterado.

Fuimos hasta el aula donde tenía mi clase y nos cruzamos con muy poca gente por los pasillos. Allí no estaba ni siquiera el Dr. Maligno. Pero, cuando íbamos hacia el hall, apareció una amiga mía que pensaba que llegaba tarde. Nos preguntó si, finalmente, la huelga se había pasado a aquel día. Y, al contarle lo que había sucedido, nos dijo que la tarde anterior había estado allí la policía, desalojando uno de los edificios porque había habido amenazas de bomba y que todos empezaron a decir que la huelga se hacía ese jueves, en lugar de la semana siguiente. Aunque ella había preferido ir, por si acaso.

¿Por qué?

De nuestra facultad, en aquellos trenes, iba una chica de primero. Había quedado con su grupo para hacer un trabajo en la biblioteca. Pero nunca llegó. Iba leyendo una novela de Truman Capote, A sangre fría.


Cristalera frontal de la estación de Atocha, esta navidad.

viernes, 9 de marzo de 2012

Tirando del hilo

Ayer, navegando por la red y siguiendo no sé qué hilo, llegué a una página donde publican textos en abierto. Más bien se presentan como una red social, porque está compuesta por foros, blogs, facebook y has de registrarte.

Parece ser que la editorial Random House Mondadori ha habilitado un sistema de lectura online donde los autores noveles pueden colgar sus obras.

Lo que no tengo muy claro es si hay un criterio de selección o un grupo de personas que leen y admiten o rechazan lo que es “apto” para su sitio. Me imagino que algo de eso tendrá que haber, porque están prestando su nombre y no va a llegar Manolito Chen y poner ahí las memorias de su uña del meñique con “idioma sms”.

Además, tiene booktrailers. Pero no sé si lo hace la propia página o si es el autor quien ha de crearlos, al igual que el resto del supuesto proceso editorial. Porque, según dice, las cinco obras que reciban mejores comentarios serán leídas por los editores de Random House y serán susceptibles de ser publicadas en ebook con el sello DeBolsillo.

Seguí investigando y vi que proponían una novela para poder leerla “de gratis”. Pinché, pero no se puede descargar. Ya os decía antes que era online, para mi eterno desagrado. Aunque hace un montón de años que leo en pantalla, necesito poder cambiar formatos, de lo contrario se me convierte en un ejercicio algo incómodo.

He estado leyéndola... Me interesa saber el grado de calidad en muchos aspectos. ¿Qué le voy a hacer?

Se titula La canción número7. No es mal título, pero podría tener más gancho. Su autora es totalmente desconocida —por el momento— para mí. Se llama Lena Blau. Quizás, un pseudónimo. Así empiezan muchos y nunca llegan a cambiarlo. Sea como sea, lo veo un acierto.


Dedicatoria. La música forma parte del hilo argumental.


No he terminado de leerla. De hecho, me falta bastante, apenas he sobrepasado un cuarto del libro. Pero os cuento un poco qué me está pareciendo.

El argumento es el típico —y no por ello menos exitoso— caso de chico conoce chica, se desprecian, se atraen, se odian, se enamoran, se ayudan a superar traumas del pasado, se hacen daño... e imagino que luego se reconciliarán y serán felices... o no. Para que os hagáis una idea, en un pasaje de la obra, ven Juntos nada más y, salvando las distancias, se sienten bastante identificados. A mí, la película me decepcionó un poco mucho. El libro de Anna Gavalda me pareció entrañable, francés pero entrañable. Sobre todo el personaje de Philibert, es fresco, auténtico y muy sabio.

En cuanto a la calidad narrativa que demuestra la autora... creo que apunta maneras, pero es un trabajo que le falta por pulir. Es reiterativa, una y otra vez, repite las explicaciones, una y otra vez, insiste en los antecedentes, una y otra vez. Y me diréis que hasta Almudena Grandes en mi tan citado El corazón helado lo hace. Sí, ahí pasaba a la lectura en diagonal. Siempre he dicho que le sobraban trescientas páginas.

Quizás, un editor sí podría haberle aconsejado qué reconstruir de esta obra y qué mantener. Pero, desde mi punto de vista, no aparece la mano de correctores, maquetadores ni figuras similares, aunque qué voy a saber yo.

A pesar de no contar con esa ayuda, la novela está entretenida y pienso terminármela, faltaría más. No voy a quedarme sin saber con quién habla Ángela por teléfono que está dispuesto a volver a España, ni sin ver a Blanca y Carlos felices y contentos, pobrecillos. E, incluso, puede que me atreva a escribir una entrada con una crítica, pero sólo si es constructiva.

Por cierto, el sitio del que os hablo se llama megustaescribir. Y me parece una idea interesante, aunque sólo sea una campaña para producir beneficios, sin asumir apenas gastos, de una gran multinacional más donde la voz y los derechos del creador son casi inexistentes. Triste. Pero, insisto, qué voy a saber yo.